Archivo para la categoría "Personitas importantes para Miri"
La cámara digital de mi abuela
Mi abuela tiene 71 años, nunca fue al colegio y no sabe leer ni escribir. Pero tiene una cámara de fotos digital con más megapíxlees que la mía, y cuando menos te lo esperas, ¡zas! saca la camara y se pone a hacer fotos.
Ha aprendido de memoria donde está el botón del ON y el OFF y lleva el flash configurado en autómatico, para hacerle la vida más sencilla. El zoom no lo usa nunca: ella prefiere acercarse y alejarse usando sus piernecitas de metro y medio de estatura.
Cuando lleva varios días haciendo fotos, lleva la cámara a una tienda de revelado fotográfico, donde el dependiente le va enseñanado todas las fotos en el ordenador y mi abuela escoge las que quiere revelar y las que no.
Y así, mi abuela tiene un montón de fotos de cómo puso la mesa con la mantelería nueva (y sale solo la mesa), de la buena pinta que tenía la ensalada que hizo el martes pasado, de las plantas de la vecina, que las tiene floridas, del reloj de cuco que ha puesto en la pared, etc. Y te las enseña.

El fin de semana pasado, como Arol era la novedad, le hizo un montón de fotos. (La podéis ver luchando por la posesión de la cámara con Santiago).
Casi estoy segura de que la próxima vez que vayamos a su casa, tendrá una foto de Arol puesta en un marco colocado en algún lugar destacado del salón de mi abuela. Y se la enseñará a todo el mundo diciendo: “este é Aarón (que es como ella le ha bautizado), a parexina de a mía Mirián. É de muy llonxe, Chile, China, Chindia, no macordo. Y come muito y muy curiosín, comeu arroz que fixen eu y dixo que taba muy bón”.
Así es como ella le da la bienvenida a la familia a las personas nuevas: dándoles de comer y viendo hasta dónde llegan sus estómagos. No apto para vegetarianos ni para personas repunantes: si vas a ser de la familia la contundencia es obligatoria.
Feliz Fin de Semana
Hoy solo quiero desear a todo el mundo un feliz fin de semana. El mío será muy genial, porque como ya sabemos, hoy es cuando Arol coge el avión en Santiago de Chile para llegar mañana por la mañana a Madrid, después de una escala en Sao Paulo.
Gracias a todos por acompañarnos en este fantástico momento.

El día que fui al supermercado
Este es un post dedicado a Marco, que acaba de nacer. Es el hijo de mi padre Guzmán y de Sara. Perdonadme las emociones, es que las traigo a flor de piel (sea lo que sea eso).
Pequeño Minimarco:
Lo primero que te quiero decir es: Hola. Así es como saludamos los seres humanos, que es lo que soy yo y lo que eres tú. Nos decimos Hola y para despedirnos Adiós. Pero no te preocupes, que para despedirnos a nosotros dos nos queda mucho tiempo.
Yo soy Miri. Ayer fui a hacer la compra con la “lista de cosas que me gustan” y volvía a casa con el carro lleno de yogures de plátano, galletas y chocolate. Y entonces nuestro padre Guz me llamó y me dijo que habías nacido. Me tuve que sentar en un banco de la Plaza Conde Valle Suchill porque me temblaban las piernas, Marco. Siempre recordaré el día de tu nacimiento como el día que me fuí a hacer la compra con la “lista de cosas que me gustan”. Estoy segura de que era una señal: llegó lo que más esperaba en el mundo: tú.
Muaaaaaaaa!
Naces en una familia muy grande y un poco rara. No compartimos muchos lazos de sangre, pero tenemos la costumbre de estar ahí cuando hay que estar. Todos llevamos mucho tiempo esperándote y te queríamos mucho incluso antes de nacer. Eres un niño muy querido y vamos a cuidarte a tope; pero te aviso que como te conviertas en el típico repelente caprichoso, te tiraré a una seve y tendrás que trabajar plantando fabes y maíz. El amor incondicional de las personas que te rodean no te legitima para tratarlas mal. A esas, a las incondicionales, es a las que tienes que querer más.
Este fin de semana voy a Valencia para aneinar contigo. Me sé mogollón de cuentos y canciones y me encanta jugar. Además, tengo una ventaja: mido 1.65, así que puedo llegar a todas esas cosas que los mayores ponen altas para que no las toquemos. Ya verás ya. Las vamos a montar guapas tú y yo.
Bienvenido a mi Mundo, Marco. Nunca pensé que me fueras a hacer tan feliz solo con empujar tu cabeza a través de la pelvis de tu madre. Un gesto instintivo que me ha puesto una sonrisa de las de 24 horas.
Del amor.
Me encantan los reencuentros, y después de este viaje mucho más. Todo el mundo me abraza como si yo fuera Jacques Cousteau y me quieren dar hasta besos. Hace mucho calor en Madriz, así que yo tengo la permanente sensación de estar sudada, y cuando me abrazan pienso qué pensarán de mí por estar sudada. Lo bueno es que yo no pienso nada de lo sudados que están los demás, así que supongo que para ellos será un poco lo mismo.

Cuando me reencuentro con la gente, después de decirles que he tachado una línea de la lista de sueños de mi vida, yo quiero hablarles de pingüinos y del desierto, del Aconcagua, del pisco sour y de lo malo malísimo que fue Pinochet.
Pero nadie se interesa por esos temas tan fundamentales: la primera pregunta que se abre paso es “cuéntamelo todo sobre tu pololo”, “quiero saber cómo conociste a Arol”, “entonces, ¿es novio o no?” “¿pero vais en serio – en serio?”.
En ese momento a mí se me pone un nudo en el estómago, en una parte que no sé precisar. Es un nudo indeshacible (del latín, que no se puede deshacer) porque está compuesto de la alegría de quien se ha enamorado y de la tristeza de su ausencia. Y es que Arol no está, aunque me parezca que en cuanto ponga este punto, entrará por la puerta.
Después de sentir el nudo, muerta de la vergüenza empiezo con el “Érase una vez” y cuento todo. Sin echar ni una lágrima, sin decir que es una puta mierda que existan los permisos de residencia, las nacionalidades y el Océano Atlántico. Saltándome los detalles de la tristeza, de la nostalgia y del miedo.
Me hace bien hablar de ello, porque últimamente parece que he hecho un plan de ahorro de sentimientos: todos me los guardo para mí.
Antes de irme de viaje alguien me dijo que volvería cambiada. Yo me reí. Pero es verdad que he vuelto cambiada: enamorada y triste.
Aunque los pingüinos muy bonitos, eso sí.
31
El treinta y uno es un número como otro cualquiera. Bueno, como otro cualquiera no, porque si elevas el número pi al cubo, resulta que es 31 (así que si hacemos la raíz cúbica de 31, sale pi).
La mayoría de meses (7 en total) tienen 31 días. En la lotería argentina, donde soñar con algo se asocia con un número al que apostar, debes jugar con el 31 si sueñas con la luz.
El 31 es un número primo, el onceavo; y en binario se escribe 11.111.
Y no, no me he vuelto loca y ahora veo números y mensajes secretos por todas partes, en plan Una Mente Maravillosa. Es que ayer fue el cumple de Arol, y yo no quise escribir el post el mismo día para no hacer mella en que no estoy en Santiago el día de su cumpleaños. Aparte, claro está, de que nosotros somos más de celebrar el no cumpleaños

¡Aunque hice todo lo posible para estar sin estar!
Tradiciones Rotas
Me doy cuenta de que mi vida está llena de tradiciones: pequeñas costumbres en las que siempre hay involucrada alguna persona más. Una de esas tradiciones consistía en que cada vez que vengo a Asturias, hago una comida de mediodía con mi abuela, en su casa. En esas comidas tenemos conversaciones de nieta a abuela, intercambiamos recetas secretas y hablamos sobre La Familia.
Este viaje, sin embargo, ha sido diferente. Mi abuela se ha echado un novio nuevo y ahora pasa bastante tiempo con él en Avilés, disfrutando del sol, el mar y el verano. Yo estoy contenta por ella, porque no es que nos dejemos de enamorar cuando nos hacemos viejos; sino que nos hacemos viejos porque nos dejamos de enamorar. El amor nos pone ilusionados, contentos y nos hace sentir vivos. Y sentir eso cuando tienes 71 años, no está nada mal.
Eché de menos la comida con mi abuela. Me da miedo que se haya acostumbrado a que yo no esté nunca aquí, y pienso que quizá ese es el precio que tengo que pagar por estar lejos. Al principio dejé un hueco enorme, pero seis años después de irme de Asturias entiendo que mi presencia haya ido desapareciendo. Mi madre dice que así me voy acostumbrando para cuando mi abuela ya no esté más, mientras yo me pregunto miles de cosas sobre como puedo ser una persona tan independiente pero a la vez con vínculos afectivos tan apegados.

Mi abuela, en plena preparación de una de nuestras comidas
Pololeando
Aunque el español es un idioma grande, cada país lo ha transformado y adaptado a las costumbres y necesidades de sus hablantes. Chile tiene muchas palabras de nueva creación, y una de ellas es “pololo/a”.
Pololo hace referencia al concepto de novio, con su respectivo femenino, y se usa exclusivamente cuando la pareja todavía no tiene planes de boda. Los pololos “pololean”, que es como “cortejar”, “salir juntos” o “estar conociendo mejor a alguien”. Cuando una pareja pasa de pololos a novios, quiere decir que planean casarse; así que si una chica te presenta a un chico como “novio”, quiere decir que será su futuro marido, con fecha puesta.
Toda esta introducción lingüistica es necesaria para contaros que vuestra Miri está pololeando.
El afortunado es un chico de nacionalidad argentina que ha vivido gran parte de su vida en Brasil y hace unos añitos que reside en Chile. Lo conocía de twitter antes de venirme a Chile, y una vez aquí, surgió todo lo demás. Hacía mucho tiempo que no estaba tan agusto con alguien y ahora mismo atravesamos un momento de Carpe Diem, aprovechando los días hasta que yo me vaya.

Pololeando que es gerundio.
Por razones obvias de timidez excesiva y carácter más bien reservado para según que cosas, cierro los comentarios, aunque seguiremos informando de las correrías sentimentales de Mirichán en sucesivos posts. ¡Que una no es de piedra!
Bombillas

...que soñaba con ser el Sol...
Si en vez de personas fuéramos bombillas, el mundo sería diferentísimo. Me imagino a algunos como tubos fluorescentes: eficaces, prácticos, rápidos, pero de luz fría. Los abuelos serían esas bombillas de bajo consumo, que tardan un poco en calentar pero que si tienes paciencia, iluminan con toda su luz y encima, gastan menos. Los bebés serían leds y yo sin duda sería una de esas luces de árbol de Navidad, siempre cambiando de color y encendiéndome y apagándome.
Nuestra forma de vida sería también cosa de otro mundo. Por ejemplo, dormir sería simplemente apagar la bombilla. Estar enfermo podría ser tener la bombilla fundida. Viviríamos en lámparas, formando familias; y algunos más solitarios habitarían flexos.
Un día, las luces de árbol de Navidad se encontraron con una bombilla que sueña con ser el sol. Una de esas inconformistas, que no deja de preguntarse qué sentido tiene una vida de sesenta vatios. Por qué existen los interruptores. Adónde va la energía que no se crea ni se destruye.
Esa bombilla es Cereal y hoy es su cumpleaños. Igual que el día que me lo encontré, sigo sin tener las respuestas, pero he descubierto una cosa: es superdivertido buscarlas juntos. ¡Tres hurras por Thomas Alva Edison! (Uno para cada uno, obviamente)
Desayuno para las madres.

Feliz día de la madre
Mi madre sólo desayuna un café con leche. Es de esas personas que cuando se levantan por la mañana no tienen el estómago para comer nada sólido, así que llena su taza de café con leche (mucho café y poca leche), pone dos cucharadas de azúcar y enciende el primer cigarrillo del día. Se sienta en la mesa del comedor, coloca el mantel para que la taza no raye el cristal y comienza a planear su día.
Para mi madre todos los días son el mismo día: un ir y venir al supermercado, revisión del estado de la cesta de la ropa para planchar, de la limpieza de los baños, del brillo del suelo. Hasta ahí, podríamos decir que es una madre normal. Pero no lo es. Porque cuando las tareas de madre terminan, queda sitio para la persona brillante e inteligentísima que ella es; y comienza a leer sus ensayos sobre política o los últimos avances de medicina, o se entrega a alguna partida online del World of Warcraft (tiene varios personajes en niveles muy interesantes), o ve alguna peli que luego me recomendará entusiasmada si le gusta.
Muchas veces, cuando estoy en Asturias, la escucho hablarme saltando de un tema a otro, y pienso que si tuviera que volver a nacer, si tuviera que volver a empezar de cero… nunca lo haría sin ella. Me pido a mi madre para todas las próximas vidas. Y no, no es negociable.
David Brewster

David Brewster
David Brewster es un físico escocés que en el año 1816 inventó uno de los juguetes más increíbles del mundo mundial: el caleidoscopio. Caleidoscopio es una de las palabras más bonitas que existen (de hecho creo que debería ser nombre de persona) y viene del griego: kalós es bella, éidos es imagen y scopéo es observar.
Brewster murió hace más de cien años, pero aunque él no lo supiera antes de morir, inventó el caleidoscopio para mí. Yo sabía que existían pero nunca había tenido un caleidoscopio propio. Hasta ayer. Ayer alguien me regaló uno: mi propio caleidoscopio de tres espejos, con giro de serie y agujero para mirar incorporado. He descubierto que puedo pasarme horas con el ojo pegado al caleidoscopio, y que no me canso de mirar las figuras que van apareciendo. Por mucho que el regalante me explicó el funcionamiento, me parece muy increible que funcione de una forma tan simple y sin embargo ofrezca ilimitadas imágenes diferentes cada vez que lo giras.
2V: gracias por convencer a Brewster de que merecía la pena aplicar la ley de la polarización de la luz para hacerme tan feliz; aunque yo no sepa lo que es la polarización, ni lo que es la luz, ni por qué el vídeo graba con la tele apagada
