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Asturianadas
Arol va inmersionando poco a poco en la cultura de Mirichán. Conoció a mis amigos de Madrid, a mi familia clave y a mis amigos de Asturias. Y de eso va este post: de cuando Meli y Aique nos llevaron al restaurante Tierra Astur (en Colloto), para que Arol conociera más sobre la gastronomía de mi triangulín sagrado.

Efectivamente, nada más entrar la decoración es increíble. Las botellas de sidra suspendidas de un hilo en varios puntos del techo lo contagian todo de ese verde de vidrio. El olor a sidra esparcido por el local. Y los barriles, transformados en pequeños reservados donde nosotros tuvimos la suerte de cenar.

Para comer escogimos solo un plato de la carta: una tabla para compartir. En realidad se llamaba tablón, y era tan grande como media puerta de cualquier casa, cubierta de los mejores manjares del lugar: embutidos y fiambres, paté, queso, carne, el mejor pan, picadillo de chorizo, salchichas astures y muchas cosas más.
La interpretación de Arol de la enorme abundancia de la comida en cualquier lugar (ya sea casa o restaurante) de Asturias es para no perder detalle: dice que es comida rústica y casera porque los asturianos nos preparamos para resistir todas las batallas. No anda desencaminado el argentino, no…
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Lack of style

Me he comprado unas gafas por seis euros en el rastro de Madrid que no puedo dejar de postear. Son la cosa más escandalosamente ochentera que tengo en mi vida, aparte de mi fecha de nacimiento.
Lo mejor es que me las pongo y veo trozos del color rojo de la montura cuando miro por ahí. Cuando me las vean mi madre y mi hermana, creo que no van a querer salir conmigo nunca más a la calle… pero a mí me encantan: estoy intentando convencer a Arol para que durmamos con la luz encendida… y asi poder dormir con ellas puestas!

Cafeínas en Sevilla
¿Ves esa chica rubia, que carga con una bicicleta y un bolso-mochila amarilla con mariposas? Sí, la que tiene los ojos verdes y casi tan grandes como su sonrisa.
Esa chica es Lifestraveller. Y yo tomé un café con ella en la Alameda de Hércules, en Sevilla, mientras en el EBE hacían la foto de familia (por eso no salgo).
Me encantó compartir un ratito con ella porque es una persona de las que te contagia la energía. Una mujer fuerte, con las ideas claras, con metas y objetivos. Y aunque diga que no, está en una excelente forma física: cruzamos media Sevilla a un ritmo que ya quisieran muchos corredores de marcha olímpica.
Fue la única persona de todo el fin de semana que me contó cosas sobre la Giralda, el Archivo de Indianos, en Alcázar y la Semana Santa sevillana. Fue la parte más cultural de mi viaje y también la más activa.
Pero los cafés no terminaban ahí. Al día siguiente Arol, Wilsoke y yo tomamos un café con Antonio y Nesta, que son dos de los lectores más grandes que tiene este humilde blog. Para mí fue un momento de conversaciones tranquilas e inteligentes, en el que aprendí la diferencia entre leer este blog y escribirlo. Dos puntos de vista que, si bien son complementarios, también son opuestos.
Antonio fue extremadamente puntual. De hecho, él ya nos observaba pacientemente mientras Wilsoke, Arol y yo terminábamos de desayunar con toda la parsimonia. Su saludo fue efusivo y cariñoso, y en su mirada pude ver la alegría de convertir (por fin) en algo real eso que cada día lee en un blog. Mirichán existe, igual que Teruel.
Tengo que darle las gracias porque fue la unica persona en todo un fin de semana dentro de un congreso de blogs que me dió una idea de mejora para Expatriada en Rumania, y aunque lo hizo sin darse cuenta (con el estilo que la genialidad confiere, en definitiva), quedó apuntada en mi vieja moleskine (que por cierto, ya tiene sucesora; casualmente un regalo suyo!).
Nesta llegó montado en su bici, y me sorprendió por lo alto y esbelto que es, además de por toda la tranquilidad que transmite. Tiene un punto tímido, pero había de fondo una sensación de familiaridad muy bonita. Nesta es la templanza y la prudencia, un observador que aprovecha cualquier ocasión para aprender. Quizá comparte algo más que el nombre con el viejo Neruda: la diplomacia.
Me sigue emocionando mucho quedar con personas que me conocen porque me leen. Sigue siendo cierto eso de que una imagen, vale más que mil palabras (o posts y comentarios!).

Wil, yo, Arol y Antonio. Fotografía de Nesta.

Antonio y yo, pidiendo un deseo. Arol y Nesta, divertidos. Foto de Wilsoke.
Mi Alejandro Sanz

Alejandro Sanz, con sus cuarenta añitos
Todas hemos pasado por un momento adolescencia en el que nos convertimos en fans o grupies de algún cantante o grupo de música. En mi caso fue Alejandro Sanz: lo descubrí con su disco “Si tu me miras”, cuando yo tenía algo más de 12 años.
Desde entonces, he seguido su carrera y yo, igual que él, he pasado por diferentes momentos: nunca olvidaré aquel concierto, el 28 de agoso de 1998. Alejandro cantaba “Lo ves”, que es uno de mis tema preferidos, y el público tenía mecheros encendidos. Él me miró, pero yo no sabía si había sido a mí o a la chica de al lado: eramos una multitud de jovencitas locas por él.
Mi mente fue más rápida. Cuando él todavia “me miraba”, grité “¡¡Alejandro!!” y le enseñé mis pulgares hacia arriba. Él me devolvió el gesto. Y entonces supe que efectivamente me había mirado a mí. Misión cumplida: yo existía para Alejandro Sanz, aunque hubieran sido quince segundos.
A medida que me he ido haciendo mayor, el fenómeno fan ha ido transformándose en un cariño muy especial, porque Alejandro es sinónimo de mi adolescencia, de mi relación por carta con otras fans de Alejandro, de esos primeros chicos que me gustaban en el instituto (cómo olvidarme de Iker o de César) y de mi lucha por causas ideales del mundo.
Y ahora Alejandro saca un nuevo disco, “Looking for Paradise”. Está buscando el paraíso y en su web nos pregunta dónde creemos nosotros que está. Para mí el paraíso está en descubrir cosas nuevas, en las familia, en los amigos, en viajar. Al alcance de nuestras manos, igual que aquellos pulgares hacia arriba.
Compasión
Es mujer, es inglesa, tiene 73 años, ganó un Premio Príncipe de Asturias y pasa 300 días al año en viajes de trabajo. Solo con esos datos, seguramente nadie sabría el nombre de la persona que hay detrás. Vamos a seguir dando pistas.
Se enamoró de su trabajo cuando viajó fuera de su pais con tan solo 23 años, en 1957. No tenía estudios porque su familia era demasiado humilde para poder costearle la universidad, pero eso no le impidió descubrir que aquel tema le interesaba, y mucho. El esfuerzo y la absoluta estoicidad, esperando a encontrar los resultados que necesitaba marcaron su primera etapa. Al final, tuvo recompensa y pudo hacer un doctorado en la Universidad de Cambridge, mientras continuaba trabajando.
Publicó un libro en 1986, con 52 años. En 1991 fundó su propia empresa y en la actualidad continua trabajando, apostando incansablemente por las nuevas generaciones. Sus colaboradores más cercanos dicen que es prácticamente imposible seguirle el ritmo; a pesar de su apariencia frágil de abuelita de 73 años.
Efectivamente, se trata de Jane Goodall: la mujer que vivió 22 años con chimpancés y que hoy tiene una fundación con su nombre, que recorre todo el mundo para contar a los más jóvenes lo que ella ha aprendido.
Sabe que la esperanza de conservar nuestro planeta está en los niños y los jóvenes: por eso viaja 300 días al año contándoles historias que en muchos casos hacen que los que escuchan la miren con ojos llenos de lágrimas.
Como Jane, yo pienso que hasta que no sintamos los daños en nuestro medioambiente como un daño en algo nuestro y en nosotros mismos, no servirá de nada.
Resulta que si alguien pisa las flores de tu jardín, te enfadas mucho. Pero si alguien tira basura al mar, sigue usando aerosoles o no recicla el vidrio, nos da igual. ¿Por qué? Porque no percibimos la Tierra como algo nuestro: no hemos pagado por ella, debe ser eso. Dice Goodall:
“Los seres humanos son más compasivos. En el caso del chimpancé se puede ver la compasión entre la madre y su cría, pero rara vez se halla en algún otro aspecto. La compasión es una característica muy humana”.
Espero que cuando lo necesitemos, los alienígenas que nos acojan en su planeta sean compasivos con nosotros.
(Este post es la reflexión arrancada después de ver 2012, el peliculón con más efectos especiales de la temporada que si bien no deja de ser ciencia ficción, ofrece imágenes absolutamente traumatizantes para una viajera como yo, como el Vaticano desplomándose o Times Square con imágenes apocalípticas)
Buscando piso
Aunque me encanta mi piso compartido, Arol y yo hemos decidido cumplir a rajatabla eso de “Año Nuevo, Vida Nueva” y cambiarnos de piso antes de que sea 2010. Ayer fuimos a ver el primer piso, que era absolutamente terrible, aunque tenía una propietaria cantidad de agradable.
Se trataba de un apartamento, con un salón, cocina y baño. Para dormir, la propietaria había construido un altillo encima de la cocina y el baño. Absolutamente catastrófico: el colchón estaba en el suelo y ni siquiera sentada en él podía evitar que mi cabeza diera contra el techo. Como mesilla de noche tenías la caldera del agua caliente. Y eso costaba seiscientos eurazos.
Nosotros buscamos un apartamento en Madrid, con al menos dos estancias diferenciadas (puede parecer que es para cuando no nos queramos ver el careto, pero en realidad es una necesidad que responde al eterno status de freelance de Arol) con la cocina independiente y el baño, por supuesto, con puerta. Es imprescindible poder andar de pie por toda la casa.
Es decir: que buscamos lo que todo el mundo quiere pero nadie ofrece. Yo creo que ya puedo ir encargando las literas para mi habitación de piso compartido
Crema hidratante para Mirichán
Los que me han tocado alguna vez en sus vidas se habrán dado cuenta de que tengo una de las pieles más suaves del Mundo Mundial. Es una suavidad natural, porque mi único truco ha sido no ponerme ningún potingue en mi cara de pan en los 27 años de vida, exceptuando aquella vez que me disfracé de payaso en 1991.
Hablando el otro día delante de la fotocoimpresora en la oficina, surgió una de esas conversaciones en las que todas las mujeres de cinco despachos a la redonda levantan la cabeza y terminan acercándose para opinar. Yo les explicaba que no uso ninguna crema hidratante, ni de día ni de noche. Tengo un bote de crema de la marca delipús que me pongo después de ducharme cuando la piel queda muy tirante; y eso es todo.
Empezó la ronda de testimonios. Algunas testificaron sin arrepentirse que usan cremas que cuestan más de 70 euros. Otras, hablaron de sus limpiezas faciales, entonando el mea culpa porque les tocaba el mes pasado y no fueron. La mayoría contó que necesitan colágeno, microtensores e inositol. Yo solo escuchaba y al final, me he dado cuenta de que a primera vista existe cierta correlación: aquellas chicas de mi oficina que no tienen arrugas a pesar de tener varios lustros más que yo son las que se ponen crema hidratante por la mañana y por la noche.

Así que vuestra Mirichán se acercó a una perfumería y me compré un tarro de crema hidratante para pieles sensibles de la marca Olay. Me costó 10 euros. Al parecer es una crema estupenda, porque tiene protección solar además de camomila y vitamina E. Ya me la he puesto cuatro veces y no me noto más joven, pero tampoco más vieja. Es una crema detenedora del tiempo.
Y como una de las frases más repetidas fue esa de “si quieres saber como será tu piel cuando seas una mujer madura, mira a tu madre”, le compré otro tarro de crema hidratante a mi madre. Ella no tiene arrugas casi, pero cuánto más joven esté ella, más joven estaré yo! (Ahí, Mirichán, atacando el problema de raíz!)
Todos somos el Alcorcón
Confieso que normalmente, paso de tres en tres las páginas de la sección de deportes de los periódicos. Quitando las Olimpiadas y las Paraolimpiadas, no me interesan los resultados de las diferentes competiciones que año tras año se repiten, haciendo monótono hasta el nombre de los ganadores.

Madrid - Alcorcón
Pero ayer fue diferente. Resulta que leí en El País que el psicólogo del equipo de fútbol de Alcorcón, que se llama Gúber García, ha preparado a sus jugadores contra el miedo escénico que puede padecer un equipo pequeño (el Alcorcón) al jugar en el Bernabeu. Acostumbrados a defender la portería delante de 5000 personas, ayer lo hicieron frente 80.000. Acostumbrados a regatear con jugadores de segunda, ahora han tenido que hacer piruetas delante de ganadores del balón de oro, auténticos titanes del mundo futbolístico.
Gúber García ha utilizado técnicas de visualización con su equipo. Tan simple como ponerles el sonido del ambiente que hay en el Bernabeu y pedirles que cierren los ojos y que se lo imaginen todo. Cómo se iban a sentir cuando les metieran el primer gol. Cómo iba a ser la primera falta pitada por el árbitro. Qué pasaría cuando el público animara al Madrid y apenas se escucharan unos gritos a favor del Alcorcón.
En todo momento han sido conscientes de que podían perder, de que el Real Madrid es un equipo mejor, sus jugadores son tratados como una élite y disponen de más y mejores medios que el Alcorcón.
Puedo imaginarme como se sentían los jugadores del Alcorcón antes de comenzar el partido. Se trataba de El Partido, seguramente lo percibirían como más importante que la propia Copa del Rey. Salieron para darlo todo porque sus familias, sus amigos, sus vecinos: todos estaban implicados en ese terreno de juego. Hasta yo me interesé por conocer el resultado del partido, porque por una vez en mucho tiempo, me pareció una competición interesante: animé al Alcorcón a conseguir la victoria y hoy dedico un post al futbol de España. Mientras haya equipos pequeños, de personas normales que estén dispuestos a darlo todo, podemos seguir estando orgullosos de ciertos equipos nacionales en este país.
El resto: puro mercado financiero.
Los que menos te esperas
Después de pasar el fin de semana en Asturias, Arol y yo volvimos a Madrid en autobús. ALSA, que monopoliza varias rutas del norte de España con Madrid, por sesenta euros cada uno nos ofrecía sendas plazas en su autobús número tres de las 15.30. Qué remedio.
Sin embargo, el viaje de ayer fue diferente. La autopista entre Oviedo y León estaba cortada y tuvimos que subir por el Puerto Pajares, en lugar de utilizar la cómoda carretera de peaje. ¿El motivo? Un accidente de autobús, que seguía la misma ruta que nosotros y que se llevó a cuatro personas para el otro barrio, además de dejar en este muchos heridos de gravedad.
Es inevitable pensar que quizá nosotros habríamos estado en ese autobús si hubiéramos escogido otro horario para salir. Que podríamos ser uno de los que ya no volverán hoy al trabajo después del puente del 9 de noviembre. Es terrible darse cuenta que la vida a veces depende del rato que quieras tener de sobremesa con tu familia: yo cogí el de las 15.30 porque me gusta quedarme un rato charlando después de comer, como para poner el broche al viaje.
Nunca me acostumbraré a esa especie de “aleatoriedad” con la que percibo la muerte. Se mueren los que menos te esperas, porque se ponen enfermos los que menos te esperas o tienen accidentes los que menos esperas. Solo nos queda la esperanza.

Pinchazo

Con todos estos pánicos de país desarrollado con la gripe A, me ha tocado hacer un reconocimiento médico obligatorio por obra y gracia de Recursos Humanos de mi empresa.
Para empezar, me equivoqué con la dirección de la mutua y fui adonde no era, así que me tocó caminar al lugar correcto. Una vez llegué, me llamó un médico con gafas (me gustan los médicos con gafas, porque siempre pienso que las llevan de estudiar tanto y sacar matrículas de honor en la carrera) y después de un examen físico, me pasó con la enfermera, que me miró los ojos, me pesó y midió, me tomó la tensión y me sacó sangre.
Como no llevo muy bien que me saquen sangre, miré hacia otro lado y empecé a hablar para entretenerme y no pensar en que hay un ser humano (con lo inestables que son los seres humanos) con una aguja clavada en mi brazo. Así que le pregunté que porqué se había hecho enfermera.
Me contó que desde niña, llenaba las muñecas de esparadrapo y mercromina. Era vocacional. Así que estudió la diplomatura y trabajó dieciocho años en el Hospital, estuvo en la UVI, en diferentes áreas, incluso en urgencias.
Como no tengo vergüenza de preguntar (porque además creo que cuando tu hablas a la gente, la gente te habla a ti) le pregunté que qué hacía una enfermera con tan buena trayectoria y experiencia trabajando en una mutua, que es el sitio más rutinario del mundo mundial.
Y entonces ella me explicó que en el hospital trabajaba a turnos, fines de semana, muchos festivos, varias Navidades. Llegó un punto donde simplemente quería una vida normal, estar con su familia, tener domingos aburridos como todo mortal. Y entonces yo reflexioné. Y pensé que se nos olvida que cuando vamos al hospital un domingo por la tarde, allí hay profesionales. Que si te pones malo por la noche y te acercas a urgencias, allí están todos de madrugada. Nunca más me pienso quejar por esperar demasiado en la sala de espera, porque ellos también son personas que se sacrifican para que tú y yo tengamos garantizado el derecho a una vida plena sin dolor ni sufrimiento.
…y hablando de sufrimiento: el pinchazo no me dolió casi nada

