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Hotel Marriot

Al lado de Times Square, escondido pero interesante
Hay en Nueva York, muy cerca de Times Square, otro de esos rincones que seguramente no aparecen en la mayoría de las guías, pero que merece la pena descubrir. Se trata del Hotel Marriot: un hotel que tiene una cafetería restaurante en su piso 48. Para llegar a esa altura, hay que coger unos ascensores que son supersónicos: van más rapido de un piso por segundo. El café es caro, pero merece la pena gastarse unos pocos de dólares porque el restaurante es giratorio: tomas tu café a la vez que vas girando y descubriendo las vistas de Nueva York. Una vuelta completa es una hora, así que bien vale los 5 dólares que tuve que pagar por un café, que además es de los que te rellenan la taza las veces que haga falta.
Hablando de tazas… aquí fue donde cumplí una tradición del viaje y robé la taza de Nueva York. Como se ve en la foto, es una taza sencilla, de loza blanca, algo más pequeña que una mug convencional; que ahora mismo descansa junto con mis otros trofeos viajeriles en la estantería de mi habitación. Eso sí: mientras esperaba al ascensor para bajar los 48 pisos estaba segura de que la camarera saldría a por mí, que me cachearían, encontrarían la taza y me deportarían. Afortunadamente, todo quedó en una descarga de adrenalina y poco más.
Desayuno en Lolina’s

Desayuno en Lolina's
Se retrasa hoy el post del desayuno porque he desayunado fuera, en uno de mis sitios preferidos de Madrid: La cafetería Lolina’s. Es uno de esos sitios con aire setentero, que tiene sofás y sillas distintos, y que te pone el bote de colacao y el de mermelada para que los uses a tu discreción. Hasta la camarera hace juego con el mobiliario… es un lugar más que recomendable.
La compañía era buena (sonaba un poco a despedida, pero yo soy una experta fingidora de que “aqui no pasa nasa”) y he desayunado una tostada con mantequilla y un café con leche riquísimos. Tan ricos que no me acordé de hacer la foto inicial… así que os traigo un trocito de decorado.
Café Gijón
Junto con un buen amigo estoy haciendo la “Ruta Juan Valdés” por Madrid. Consiste esta ruta en quedar los jueves, después de trabajar, y escoger cada día un café distinto donde disfrutar de nuestra tertulia, que como en el caso de los grandes literatos, suele tratar bastante de cine, libros y filosofías de la vida. Yo tengo la teoría de que las personas con gafas hablan de cosas más interesantes que las personas sin gafas; la pena es que mi oculista no quiere ponérmelas. Pero mi amigo si que las lleva, y además es de esas personas que calla más que habla…
El caso es que para inaugurar nuestra ruta decidimos empezar por el mítico Café Gijón de Madrid, que está en el Paseo de Recoletos.

Así es por fuera: ya se nota algo especial.
El café Gijón está abierto desde 1888, y su primer propietario fue un asturiano, Gumersindo García. No sé si sería por el café o por el ambiente, pero empezaron a visitarlo personas tan importantes como Pio Baroja (y yo me pregunto si allí escribiría Pío “La Busca”, y si el resto de sus amigos escritores se reirían de él por llamarse Pío, porque tiene tela…); Jacinto Benavente (que para mi que allí entrevistaba a los actores para “Los Intereses Creados”, y al final contrató a los que le invitaron al carajillo); Valle Inclán (que me lo imagino manchándose la barba con el descafeinado, porque él tomaba descafeinado para no convertirse en un esperpento); Severo Ochoa (quien harto de que sólo hablaran de libros, dicen que un día llegó con un libro de su paisano Jovellanos y que todos los demás se mofaron de él…); ¡¡tantos y tan importantes todos!!

El Gran Café Gijón
Pedimos dos capuccinos, que nos daba pena terminar porque el café era sublime; un sabor perfecto. Estaban tan buenos que no nos dolió pagar los cinco euros que costaba cada capuccino… porque además era una tarde de celebración (ya no soy una lacra de la sociedad); y porque todos hemos pagado mucho más por tomar una copa en cualquier sitio con menos solera.
En la mesa de al lado había una pareja que entre los dos sumaba más de 125 años; y que no dejaban de hacerse fotos y de reírse, con una risa contagiosa que a Safran y a mí nos hizo sonreír un par de veces. El camarero no parecía un camarero; iba con un traje de chaqueta que aparentaba más clase que nuestra propia ropa. En la mesa del otro lado, un señor de unos 40 leyendo a Cela. Genial ambiente el café Gijón, aunque un poco caro para frecuentarlo muy a menudo… y es que aunque el dinero no da la felicidad, si que paga los cafés.