Ex-expatriada en Româniă

(o Miri de nuevo en Madriz)

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Mi libertad

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La Estatua de la Libertad en realidad no se llama así. Su nombre completo es “Libertad Iluminando al Mundo”, y simbolizaba la libertad y la prosperidad que anhelaban los inmigrantes europeos cuando llegaban a América. Simbolizaba la esperanza, la posibilidad de un Mundo Mejor, las ganas de Luchar y de triunfar.

No sé si será cierto que en los últimos minutos de nuestra vida los mejores momentos pasan a toda velocidad por nuestras mentes. Me resultaría curioso que existiera un mecanismo psicológico que nos permitiera irnos con un buen sabor de boca. En cualquier caso, si eso llega a ocurrirme a mí, tengo claro que una de las cosas que recordaría sería el día que ví la Estatua de la Libertad. Era un descubrimiento especial.

Esta fue la cara que se me quedó al verla

Esta fue la cara que se me quedó al verla

Llovía en Liberty Island. Hacía frío. Nos obligaron a pasar mil y un controles de seguridad. Tuvimos que subir cientos de escaleras. Pero cuando estuve ahí arriba, a los pies la Libertad, sentí que todo merecía la pena.

Hay una canción del gran Moustaki titulada “Ma Liberté” que siempre ha sido una especie de Himno para mí. Habla de un hombre que ante todo valoraba su libertad y cuando sentía que comenzaba a atarse a algo, cambiaba de país, de amigos y hasta de camisa. Me siento muy identificada con esas palabras, porque siempre he sido muy fiel a mi Libertad.

Ma liberté
Longtemps je t’ai gardée
Comme une perle rare
Ma liberté
C’est toi qui m’as aidé
À larguer les amarres

(…)

Et combien j’ai souffert
Pour pouvoir satisfaire
Tes moindres exigences
J’ai changé de pays
J’ai perdu mes amis
Pour gagner ta confiance

Pero un día, el hombre decide dejar atrás a su libertad, porque conoce a una bella “carcelera” de la que se enamora y decide, de forma voluntaria, vivir en una prisión de amor. Y por eso cantaba a la libertad, para despedirse de ella.

Yo, como canto mal, preferí visitarla para darle las gracias por tantos caminos juntas. Ahora, creo que me podéis llamar Mirichán Moustaki.

Esta fue la cara que se me quedó después de verla.

Esta fue la cara que se me quedó después de verla.

Escrito por Míriam

Lunes, 12 /10/2009 a 08.00

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La Sebastiana

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La Sebastiana

Subiendo por la cuesta más grande de todo Valparaíso, una calle llamada Yerbas Buenas, te encuentras con la Avenida de Alemania. Un poco más adelante está La Sebastiana, que es una casa con envidiables vistas donde vivió Pablo Neruda con su mujer.

Se trata de una casa con varios pisos, justo en el borde del cerro, desde la que el atardecer resplandece con colores que no se pueden definir de otra forma que no sea poéticamente. Ahora entiendo de dónde sacaba Neruda aquellas palabras que algunos se han empeñado en llamar poemas, “quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos”, aunque prometo que cerca de su casa no ví ninguno.

Escrito por Míriam

Sábado, 4 /07/2009 a 08.00

Hotel Marriot

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Al lado de Trafalgar Square, escondido pero interesante

Al lado de Times Square, escondido pero interesante

Hay en Nueva York, muy cerca de Times Square, otro de esos rincones que seguramente no aparecen en la mayoría de las guías, pero que merece la pena descubrir. Se trata del Hotel Marriot: un hotel que tiene una cafetería restaurante en su piso 48. Para llegar a esa altura, hay que coger unos ascensores que son supersónicos: van más rapido de un piso por segundo. El café es caro, pero merece la pena gastarse unos pocos de dólares porque el restaurante es giratorio: tomas tu café a la vez que vas girando y descubriendo las vistas de Nueva York. Una vuelta completa es una hora, así que bien vale los 5 dólares que tuve que pagar por un café, que además es de los que te rellenan la taza las veces que haga falta.

Hablando de tazas… aquí fue donde cumplí una tradición del viaje y robé la taza de Nueva York. Como se ve en la foto, es una taza sencilla, de loza blanca, algo más pequeña que una mug convencional; que ahora mismo descansa junto con mis otros trofeos viajeriles en la estantería de mi habitación. Eso sí: mientras esperaba al ascensor para bajar los 48 pisos estaba segura de que la camarera saldría a por mí, que me cachearían, encontrarían la taza y me deportarían. Afortunadamente, todo quedó en una descarga de adrenalina y poco más.

Escrito por Míriam

Jueves, 25 /06/2009 a 08.00

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Desayuno en Lolina’s

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Desayuno en Lolina's

Desayuno en Lolina's

Se retrasa hoy el post del desayuno porque he desayunado fuera, en uno de mis sitios preferidos de Madrid: La cafetería Lolina’s. Es uno de esos sitios con aire setentero, que tiene sofás y sillas distintos, y que te pone el bote de colacao y el de mermelada para que los uses a tu discreción. Hasta la camarera hace juego con el mobiliario… es un lugar más que recomendable.

La compañía era buena (sonaba un poco a despedida, pero yo soy una experta fingidora de que “aqui no pasa nasa”) y he desayunado una tostada con mantequilla y un café con leche riquísimos. Tan ricos que no me acordé de hacer la foto inicial… así que os traigo un trocito de decorado.

Escrito por Míriam

Domingo, 24 /05/2009 a 13.33

Tío Pío

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Hay en Madrid un parque que se llama “Parque del Cerro del Tío Pío”. He tenido que buscarlo en Google porque aunque he ido muchas veces a ese parque, para mí siempre era el parque de las 7 colinas; debido a que tiene 7 colinitas o montículos (me encantan las palabras que terminan en culo, oh sí!!)  desde las que se puede disfrutar de unas vistas maravillosas de Madrid.

Una vista del parque

Una vista del parque

Pero además, para mí, es un lugar cargado de energía positiva porque me trae muchos recuerdos muy especiales. Recuerdo una noche que fui allí en pleno Diciembre, con una botella de cava caliente, que intenté beber junto a otra persona a morro directamente, con menos de 1 grado en el parque. No pude más que darle un sorbo, aquello estaba asqueroso. Recuerdo una tarde en la que fui a hacer un picnic en una de esas colinitas, disfrutando de las vistas y pensando que me encantaba mi vida en aquellos momentos. También me acuerdo de muchos paseos alrededor de las colinas, preguntando: ¿Y dónde está mi casa? ¿Y por dónde se va a Asturias? ¿Y allí que hay? Lo mejor de todo era ver cómo se hacía progresivamente de noche, y Madrid se iluminaba. Auténtica magia.

Hay veces que me siento millonaria.

Hay veces que me siento millonaria.

He vuelto allí, y he descubierto que los lugares son especiales por las cosas que haces en ellos y por las personas que te acompañan haciendo esas cosas. Por eso, el parque de los 7 montículos ya no existe, aunque físicamente siga allí. Dejó de existir justo antes de irme a Bucarest y ahora es el Parque del Cerro del Tío Pío.

Escrito por Míriam

Lunes, 18 /05/2009 a 08.00

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EL teleférico de Madriz.

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Cereal y yo intentamos, en la medida de lo imposible, ser turistas en nuestro Madriz. Una de las actividades pendientes que teníamos para hacer en Madrid era subir al teleférico, porque las vistas desde allí arriba nos parecían impresionantes.

Misión cumplida: Miri en el teleférico. (Fotos de Cereal como siempre)

Misión cumplida: Miri en el teleférico. (Fotos de Cereal como siempre)

Nosotros pensábamos que para ir al teleférico solo tienes que acercarte a una de sus dos sedes (en Paseo de Rosales o Casa de Campo), pero nos equivocábamos… nos costó más trabajo subir al teleférico que ver en cambio de guardia en el Buckingham Palace.

Las dos primeras veces que fuimos, estaba cerrado porque el horario cambia prácticamente cada día. Cereal aprendió la lección y le hizo una foto al calendario que tienen pegado en la puerta. La tercera vez que nos acercamos, llegamos cuando faltaban solo 15 minutos para cerrar, y no nos dejaron montar. La cuarta vez que lo intentamos, íbamos eufóricos, porque habíamos consultado nuestra foto-horario e íbamos con el suficiente tiempo de antelación, pero cuando llegamos, estaba cerrado por revisión; y tampoco nos dejaron montar.

Y a la quinta, fue la vencida: habíamos comprobado nuestro horario-foto, íbamos cinco horas antes de que cerraran y llevábamos los pasaportes, no sea que haya una frontera en el aire y no nos dejen montar por ir indocumentados.

Y sí, merece la pena. El trayecto (2.5 kilómetros) es rápido, pero te da tiempo a ver un montón de cosas de Madrid, desde el aire. Te ponen hilo musical en la ida y en la vuelta, te van explicando lo que ves de Madrid. Cuesta 5.10 euros (ambos trayectos). La puerta de la cabina te habla si intentas abrirla en pleno trayecto: te dice “CABINA EN MARCHA”, así que es apto para potenciales suicidas o para ir con niños. Y puedes ponerte de pie en el interior, siempre y cuando no midas más de 1.70.

Escrito por Míriam

Viernes, 15 /05/2009 a 08.00

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Sofá rojo.

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Mi sofá rojo

Mi sofá rojo

Mi objeto preferido del mundo es un sofá de color rojo. Lo conocí por primera vez cuando volví de Bucarest, porque fue mi improvisada cama durante algún tiempo que pasé en casa de Cereal. Ese sofá soportó todas mis noches en vela pensando qué sería de mi vida; y me abrazaba suavemente cada noche antes de dormir. A cambio, yo ideé dos cojines a partir de tela sobrante de unas cortinas, y lo cuidé como nadie cuidaría un sofá. A pesar de tener solo dos plazas, era un gran sofá, y ahora, por circunstancias de la vida, ya no existe. Solo me quedan las fotos que Cereal sacó antes de que yo me despidiera de él y los recuerdos, siempre.

Todos tenemos un objeto al que nos apegamos. Un chupete o una mantita; un muñeco, un colgante, un amuleto, una camiseta vieja, un llavero. Y aunque sabemos que no sirve de nada, forma parte de nuestra identidad. No se trataba de “un sofá rojo”. Era “mi sofá rojo”. Así somos los seres humanos, siempre con el apego como forma de obtener seguridad y sensación de protección.

El último día en mi sofá

El último día en mi sofá

Escrito por Míriam

Miércoles, 13 /05/2009 a 07.54

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Y fui al Real.

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Tres años (interruptus) viviendo en Madriz y nunca había ido al Teatro Real. Yo, que he estado en la ópera de Viena, en el Ateneo de Bucarest, en el Campoamor de Oviedo… y no había pisado el Real. Afortunadamente, quien tiene un amigo tiene un tesoro; y el otro día Ignacio me avisó de que tenía entradas para ver allí a Nina Stemme. Me faltó tiempo para darle el sí quiero.

El interior

El interior

Es precioso, el teatro Real. Es mucho más grande de lo que parece porque la distribución del espacio hace que la sensación que te provoque sea de un espacio muy acogedor. La luz, la acústica: es perfecto por dentro. Las butacas son cómodas y aprovechan bien los espacios: hasta tienen un par de pantallas hábilmente colocadas para que aquellas personas que tienen asientos de visibilidad reducida puedan disfrutar también.

Y Nina Stemme cantó como si fuera un ángel. Es una soprano sueca que junto con la Orquesta nos metió en el mundo de los dos Richards; primero Strauss (inconfundible, porque todo lo que hace él suena a romanticismo; y que no hay que confundir con los Strauss de los valses) y Richard Wagner (otro inconfundible, romántico pero lleno de drama y de pasión!)

Es cierto que al poner una soprano con toda la orquesta, no hay ese carácter íntimo que muchos esperan. Pero a mí me sigue encantando ver la Orquesta. En la que acompañó a Nina había tres flautas, y brillaban tanto que cada vez que se movían, me cegaban. Y aunque sé que no es cierto, no pude evitar cerrar los ojos e imaginar que aquellas notas eran mías.

Escrito por Míriam

Lunes, 11 /05/2009 a 08.00

Café Gijón

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Junto con un buen amigo estoy haciendo la “Ruta Juan Valdés” por Madrid. Consiste esta ruta en quedar los jueves, después de trabajar, y escoger cada día un café distinto donde disfrutar de nuestra tertulia, que como en el caso de los grandes literatos, suele tratar bastante de cine, libros y filosofías de la vida. Yo tengo la teoría de que las personas con gafas hablan de cosas más interesantes que las personas sin gafas; la pena es que mi oculista no quiere ponérmelas. Pero mi amigo si que las lleva, y además es de esas personas que calla más que habla…

El caso es que para inaugurar nuestra ruta decidimos empezar por el mítico Café Gijón de Madrid, que está en el Paseo de Recoletos.

ya se nota algo especial.

Así es por fuera: ya se nota algo especial.

El café Gijón está abierto desde 1888, y su primer propietario fue un asturiano, Gumersindo García. No sé si sería por el café o por el ambiente, pero empezaron a visitarlo personas tan importantes como Pio Baroja (y yo me pregunto si allí escribiría Pío “La Busca”, y si el resto de sus amigos escritores se reirían de él por llamarse Pío, porque tiene tela…); Jacinto Benavente (que para mi que allí entrevistaba a los actores para “Los Intereses Creados”, y al final contrató a los que le invitaron al carajillo); Valle Inclán (que me lo imagino manchándose la barba con el descafeinado, porque él tomaba descafeinado para no convertirse en un esperpento); Severo Ochoa (quien harto de que sólo hablaran de libros, dicen que un día llegó con un libro de su paisano Jovellanos y que todos los demás se mofaron de él…); ¡¡tantos y tan importantes todos!!

El Gran Café Gijón

El Gran Café Gijón

Pedimos dos capuccinos, que nos daba pena terminar porque el café era sublime; un sabor perfecto. Estaban tan buenos que no nos dolió pagar los cinco euros que costaba cada capuccino… porque además era una tarde de celebración (ya no soy una lacra de la sociedad); y porque todos hemos pagado mucho más por tomar una copa en cualquier sitio con menos solera.

En la mesa de al lado había una pareja que entre los dos sumaba más de 125 años; y que no dejaban de hacerse fotos y de reírse, con una risa contagiosa que a Safran y a mí nos hizo sonreír un par de veces. El camarero no parecía un camarero; iba con un traje de chaqueta que aparentaba más clase que nuestra propia ropa. En la mesa del otro lado, un señor de unos 40 leyendo a Cela. Genial ambiente el café Gijón, aunque un poco caro para frecuentarlo muy a menudo… y es que aunque el dinero no da la felicidad, si que paga los cafés.

Escrito por Míriam

Martes, 24 /02/2009 a 08.00

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El árbol de la felicidad

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El otro día iba yo a tomar un café y leer un rato en uno de mis cafés favoritos de Madrid, del que además ya he hablado en este blog: Pepe Botella. Y cuando me acercaba al rincón de la Plaza de Dos de Mayo donde está ubicado, ví un árbol que tenía unas hojas muy extrañas: de un color rojizo y dispuestas de una forma estratégica. La imagen era esta:

Al principio vi esto...

Al principio ví esto...

Según me acercaba más, me di cuenta de que no eran hojas, sino trozos de tul rojo que los vecinos que viven al lado de ese árbol habían puesto en sus ramas. No sé si se trataría de la decoración navideña, o de una patada en el culo al otoño e invierno, que dejan tiesos a los árboles y entristecen un poco el paisaje de Madrid… La cuestión es que me sacó una sonrisa, y ahora cada vez que paso por alli, me encanta mirarlo.

¡¡Es bonito!! Me encanta la idea...

¡¡Es bonito!! Me encanta la idea...

Escrito por Míriam

Miércoles, 28 /01/2009 a 09.00

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