Archivo para la categoría "El Trabajo de Miri"
Mi compañera de Hong Kong
Tenemos en la oficina una nueva compañera. Lleva una semana y viene desde Hong Kong, para echarnos una mano (espero que no al cuello) en la implementación y puesta en marcha de nuevas herramientas relacionadas con la reingeniería de procesos.
Cada día aprende una nueva palabra en español. Ya sabe decir “tarjeta” (cada vez que necesita una tarjeta de acceso al edificio), gracias, por favor, hola y palabras comunes y corrientes. Sin embargo ayer me dejó fría.
Estabamos las dos en la fotocoimpresora, esperando por varios documentos. Ella iba recogiendo pacientemente sus hojitas y las apilaba. La fotocoimpresora se atascó y estuvimos un rato sacando trocitos de papel. Luego cerramos la puerta lateral y cuando la impresora volvió a ponerse en marcha mi hongkonesa soltó un ¡¡Dabuten!!
Creo que hacía diez años que no oía la expresión ¡¡Dabuten!! así que me dió la risa floja y tuve que explicarle quién es Emilio Aragón, y qué significa ¡¡Dabuten!! También le comenté que es mejor si no lo dice en reuniones ni por la calle. La pobrecilla se ha quedado un poco chof, pero como yo le dije “cuando seas bilingüe lo entenderás”. Lo que hay que hacer en las multinacionales…
Acoso

¿Cómo que muestras de afecto no?
Ayer, después de 25 días de vacaciones, mi jefe volvió a la oficina. Le he echado tanto de menos que, en mi alegría por volver a verle, no pude reprimir un abrazo y un par de besos: uno en cada moflete. Él, todo un Edimburgués que roza la cuarentena, se puso rojo y se quedó visiblemente incómodo por mi muestra de afecto.
En estos dos meses que llevamos trabajando juntos, mi Jefe me ha contado muchas cosas. Por ejemplo, me ha explicado que es el IBAN, para qué sirve el Banco de España y la SEPBLAC y cuál es la diferencia entre ser una empresa sucursal y subsidiaria. Cuando se nos llena la cabeza de leyes y de números, también hablamos de cosas normales, como las diferencias culturales entre un Español y un Inglés.
En Inglaterra, abrazar o besar a un compañero de trabajo puede constituir acoso, si el sujeto abrazado o besado lo percibe así. Puede denunciar a la empresa y seguramente, le indemnizarán. También puede ser acoso llamar a una persona que está enferma para preguntarle cuándo volverá al trabajo, incluso si se trata de una llamada para una mejor planificación de los recursos en la empresa.
Yo le expliqué a mi Jefe que ahora trabaja en España y que le darán besos, abrazos y palmadas en la espalda. Toca un poco de reeducación y de inteligencia emocional.
Qué curiosas son las diferencias culturales: para mi, el acoso real es que tu jefe no te haga caso y no se alegre de verte después de veinticinco días asumiendo responsabilidades en su nombre.
Es mi momento, es Mirichón

Es mi momento, es Mirichón!
Durante toda esta semana pasada, mi jefe (aka movie star) ha estado de vacaciones. Me he dado cuenta de cómo le echo de menos para que resuelva mis dudas, me informe de lo que pasa por las cabezas de los que mandan y sobre todo, para que corrobore mi visión de las cosas. Tener su confirmación de que estoy pensando correctamente me hace sentirme más segura: una especie de preservativo contra el embarazoso error.
Estos días sin él han sido difíciles, porque he tenido que tomar decisiones y adoptar posturas por mí misma. He reportado yo solita a los Grandes Jefes del proyecto de fusión. El primer día que tuve que atravesar por esta incertidumbre, intentaba trabajar haciéndome la pregunta “¿qué pensaría nuestro Jefe, Mirichán?”.
Al tercer día me dí cuenta de que la cosa no funciona así, basicamente porque yo soy yo y no soy él. Así que me he atrevido a reflexionar por mí misma. Estaba cagada de miedo por si me equivocaba. He trabajado más meticulosamente que nunca, fijándome en todos los detalles. Y finalmente, me he dado cuenta de dos cosas: la primera, que ser mi jefe es muy difícil y espero que le paguen al menos el doble que a mí. La segunda, que todavía me queda mucho por aprender, pero estoy en el buen camino.
Afortunadamente, aún le quedan dos semanas más de vacaciones.
Es mi momento, es Mirichón.
El equilibro es difícil

¿Trabajólica? No, solo estoy aprendiendo...
Tengo la suerte increíble de que mi trabajo actual es completamente nuevo para mí. Nunca he estudiado nada relacionado con el tema, nunca había trabajado en algo así con anterioridad y encima, estoy inmersa en un entorno completamente internacional, lejos de mi lengua materna y de la cultura organizacional española.
Cualquiera que me conozca, sabe que me gustan los cambios porque implican desafío. Me fui a Valencia porque aquello de terminar la carrera en otra Universidad era un reto. Me cambié a Madrid porque lo de buscar trabajo en una ciudad cosmopolita sonaba a duelo conmigo misma y mis capacidades. Me fuí a Rumanía porque necesitaba objetivos nuevos. Lo dejé todo para irme a América porque de nuevo, buscaba crecer en la incertidumbre. Y acepté este puesto porque sabía que no tenía ni puñetera idea de cómo se hacía este trabajo.
En Psicología Organizacional decimos que cuando un individuo tiene que hacer una tarea, ha de poseer un número de conocimientos y habilidades que le permitan desempeñarla con éxito. Sin embargo, es posible que tenga que enfrentarse a esa tarea sin tener todos los conocimientos y habilidades: deberá entonces cubrir esa carencia (o GAP) mediante otras estrategias.
El GAP que yo tengo que enfrentar todos los días es enorme. Tan grande que fui y le pregunté a mi jefe por qué carajo me había contratado para ese puesto, si no puedo aportar absolutamente nada en cuanto a conocimientos y experiencia previa. Y entonces él me dijo que mi caso era un “skills recruitment”. No me seleccionaron por lo que sabía, sino por mi potencial de aprendizaje. No me seleccionaron por mi experiencia en el sector, sino por mi capacidad de adaptación y flexibilidad a los cambios. Soy una especie de Obama: me dieron el trabajo (premio nóbel) antes de saber hacerlo (conseguir un mundo más pacífico).
Ahora toca demostrar. Toca decir mi frase preferida: “esto con un par de huevos lo fusiono yo, se pongan como se pongan, que para algo soy asturiana descendiente directa de Pelayo. Que nosotros empezamos la reconquista, y éramos un pueblo de agricultores y vaqueiros”.
Al final, todo es cuestión de echarle horas de trabajo. De sentarte en la mesa y plantar codos. De preguntar sin avergonzarte de no saber. De decir con voz alta y clara eso de “no lo sé, pero lo puedo aprender”. Y a veces, es difícil no entusiasmarse y trabajar 14 horas al día. Sobre todo, cuando las piezas del puzle van encajando: la ilusión aumenta porque empiezas a entender cosas y quieres entender más. Sentirse realizados, queridos expatriados, es como una droga. Seguro que muchos me podrías contar lo mal que se pasa con “el mono” de tener un trabajo que te haga sonreir todos los días.
59 = trabajólica
Cincuenta y nueve son el número de horas que he trabajado esta semana. Hablo de horas netas: sin contar desplazamientos ni los escasos minutos que empleo para comer. Tiene todavía más pecado si confieso que nadie me obliga a quedarme y que soy yo, que me autoflagelo para trabajar, trabajar y trabajar.

Cincuenta y nueve horitas. Trabajo como persona y media.
Dicen las malas lenguas que lo hago para no pensar en la porquería de vida que tengo el resto del tiempo. Afortunadamente, yo no pienso que mi vida sea una porquería, aunque es cierto que con Arol tal lejos, experimento un tipo de soledad que no se llena con nada ni nadie más.
Las buenas lenguas dicen que todo es culpa de mi sentido de la responsabilidad y del deber.
En cualquier caso, si alguien conoce el remedio para detener esta bola de nieve en la que me he metido yo sola, que deje instrucciones en los comentarios. Porque a este paso, no tendré tiempo para el post diario (ya he dejado de ir al supermercado, de ver a mis amigos y de poner la lavadora: lo próximo es el blog).
Y de paso, buen fin de semana largo!
Mi auténtica jefa: la impresora
Si hay un instrumento enviado a la Tierra por el mismísimo Satanás es, sin duda, una impresora. Bajo su apariencia inofensiva, aglutina todas las leyes de Murphy así como sus posibles combinaciones: si algo puede imprimirse mal, ten por seguro que así será. Si tienes prisa, se quedará sin papel. Si tienes mucha prisa, el papel se atascará. Y si la prisa es estrés porque el documento es para tu jefe, entonces se le terminará el tóner.

Impresoradas, o lo que Miri hace con las impresoras.
Yo soy una persona paciente y IT-friendly. Pero no entiendo el lenguaje de comunicación impresoriano: luces parpadeantes y no sé qué de una tapa delantera que nunca encuentro. En mi oficina utilizamos esas impresoras enormes que también fotocopian, escanean y te envían e-mails. Lo mejor que te puede pasar es que te llegue catorce veces el mismo pdf (a razón de uno por minuto); aunque también tienen sus días de vacaciones en los que los correos nunca llegan y la lámpara de escanear tarda quince minutos en calentarse. Y eso que no tienen que coger el metro para llegar a la oficina.
Lo único bueno es que el lugar de la impresora se convierte en un improvisado rincón de encuentro con tus compañeros. Fomenta el trabajo en equipo (sobre todo para desatascar el papel) y la toma de decisiones (una cara o dos caras? color o escala de grises? quien se viene de cañas después del trabajo?).
La vuelta al cole: dejà vu
Como todo lector apasionado de este blog sabe (huevos mediante), ayer fue mi incorporación a mi nuevo trabajo, que en realidad es viejo porque es la misma empresa donde trabajaba antes de irme a Chile. Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra: soy el vivo ejemplo que hay empresas enteras a las que también les pasa exactamente eso. Y si no, que me expliquen cómo es que me volvieron a contratar

Me gusta trabajar (-:
La cosa fue así: llegué a las nueve-menos-diez de la mañana, y tuve una eterna sensación de dejà vu desde el primer minuto.
Subí al departamento de Recursos Humanos y vi a mi exjefa. Se me hizo muy raro no sentarme en mi mesa, encender mi ordenador y poner mi mítica contraseña (mirichaning, que es “mirichaneando” en inglés, porque yo hago todo mi trabajo en inglés).
Me metieron en una sala de reuniones y me hicieron firmar un contrato de trabajo, un anexo de clausulas al contrato, tres acuerdos de confidencialidad y una carta oferta. Ni para morirse hay que firmar tanto, oiga, y eso que es lo más importante que haremos en la vida.
Después me bajaron al tercer piso, donde estaré ubicada normalmente. Y ahí empezó el rock-and-roll: resulta que mi jefe (un inglés al que me gusta llamar secretamente Jatawinly, no tengo ni idea de dónde lo he sacado) estaba en Londres y por tanto nadie se había preocupado de proveerme de nada: no tengo sitio, no tengo ordenador, no tengo tarjeta para la máquina de snacks…
Afortunadamente, soy una persona flexible. Así que ocupé una mesa que estaba vacía por decisión propia. Me llamé al móvil para saber mi extensión, bajé a recepción a decirles cuál es mi extensión, me tramité mi propia tarjeta de acceso al edificio y a la máquina de snacks. (Como podéis leer, lo primordial es la máquina de snacks).

Lo que sea menos estar quieta...
Luego empecé a trabajar leyendo documentos y haciendo el trabajo que mi jefe había ordenado que me ordenasen. Y se supone que me tenía que durar para todo el día, pero a las 13 horas había terminado.
Me armé de valor y llamé a mi jefe, y Jatawinly me prometió que me mandaría más cosas para leer después de la comida. A las 16 había terminado de leer todos los papeles y entonces mi jefe me dijo que me fuera a casa. Sé que secretamente era una táctica para librarse de mi hiperactividad laboral (trabajo tanto que hago trabajar a los jefes porque se supone que ellos tienen que trabajar más que yo). No me fuí: me quedé ordenando material de oficina y preguntando en el departamento si alguien tenía algo para archivar o destruir. ¡Hasta fui al baño y coloqué el rollo del papel higiénico en el portarrollos! (y lo hice en las cinco plantas)
A las 5, una hora antes de mi horario normal, me fui a casa.
Hoy me toca reunirme con mi jefe, que viene desde Londres, en las oficinas que me quedan lejos de casa. Estoy ansiosa por explicarle todo lo que he entendido leyendo los magníficos documentos que me ha enviado. Y es que señoras y señores, aunque no lo parezca, estoy participando en un proyecto de fusión megaimportante! Lo bueno es que no se trata de fusión nuclear… lo mejor es que ¡¡no tiene nada que ver con recursos humanos ni con nada que haya hecho con anterioridad!!
Mirichán tiene trabajo
Volviendo a referirme al momento en que tomé la decisión de dejar mi trabajo para viajar, reconozco que fue un completo acierto. No sólo porque gracias a ello Arol y yo comenzamos una historia de las que darían envidia a la mismísima Sarah Jessica Parker; sino porque a día de hoy me siento orgullosa de haber tenido la valentía y el atrevimiento de haberlo dejado todo para viajar.
La vuelta a Madriz ha sido difícil en algunos momentos. Sabía que pasaría por minutos de inseguridad (con cuatro millones de parados no voy a encontrar trabajo ni de coña) combinados con minutos de desesperación (solo me quedan seis meses de paro, luego tendré que echar CVs de cualquier cosa). Pero estoy feliz porque en ningún caso ha habido minutos de arrepentimiento. He sabido asumir las consecuencias de aquella decisión con una madurez que ni yo misma me esperaba. Estoy aprendiendo lo que es la templanza.
Pero si de algo estoy segura es de que soy una persona con suerte. No sé si la suerte es magia o si es “cuando oportunidad y preparación se encuentran”. Pero tal y como está el mercado laboral, encontrar un trabajo que tenga que ver con tu profesión en tan solo diez días es casi un milagro. Y como siempre, yo soy la prueba humana de que los milagros existen: solo hay que creer en ellos.
La empresa que dejé al irme me llamó para comentarme un proyecto que, aunque no está directamente relacionado con Recursos Humanos, tal vez me interesara y yo podría encajar en él. Fui a una entrevista el jueves pasado a las 9 de la mañana y ese mismo día a las 16h me estaban llamando para decirme que sí. Es un poco paradójico, pero al irme voluntariamente de la compañía en junio he conseguido que en septiembre me ofrezcan un puesto mejor.
Eso es lo que pasa cuando tomas las decisiones con el corazón: que siempre aciertas.

Pensar con el corazón, sentir con el cerebro.
La primera entrevista de la temporada.
Nada más llegar a Madriz, empecé con los rituales de búsqueda de trabajo. Yo me lo tomo muy en serio (debe ser porque trabajo en recursos humanos) y no me levanto de la silla hasta que me he inscrito a diez ofertas diferentes cada día. He de reconocer que antes era más fácil: en esta temporada me está costando esfuerzo y creatividad a chorro.
Como premio a mi constancia, me han llamado de dos sitios y telefónicamente me han preguntado de todo. Yo pongo mi mejor voz de teleoperadora porno y les hago disfrutar dándoles lo que quieren: un buen nivel de inglés, un dominio de las tablas dinámicas de excel así como de la formulación, tres defectos que parecen virtudes y tres virtudes que parecen milagros.

¡Vivan las entrevistas de trabajo!
Una de esas llamadas se transformó en una entrevista presencial. “Me gustaria conocerte”, me dijo la amable interlocutora. Estuve a punto de responder “a mí también me gustaría conocerme, creéme”, pero como el objetivo es encontrar trabajo (nada que ver con hacer amigos) pues le lancé una sonrisa telefónica y empezamos a decidir cuando sería la reunión. Le mostré mi absoluta disponibilidad y propuse “mañana mismo a las 9 de la mañana”. La chica aceptó y yo sentí alivio, porque salir de casa vestida para la ocasión con el calor que hace en Madrid es un suplicio, así que mejor madrugar y no llegar chorreando.
El atuendo, elegido para la ocasión constaba de una falda recta negra y por la rodilla, una camisa blanca inmaculada y un collar largo y negro. Tacones negros y por supuesto, maquillaje. Nadie me cree cuando explico que a mí me lleva más tiempo maquillarme que vestirme; y todo por culpa de la falta de práctica. Todavía me extrañará que me caduque el maquillaje cuando me queda la mitad del tubo.
Cogí el metro y feliz de la vida, llegué quince minutos antes al lugar. Dí un paseíto y a la hora en punto, entré. En el ascensor comprobé que todo estaba en su sitio y con una sonrisa pregunté por mi entrevistadora a la persona que me abrió la puerta.
“Soy yo” – dijo ella.
Y entonces, extendí mi mano, estreché la suya y ahí marcamos el comienzo la batalla.
Buen trabajo. ¿Buen trabajo?

¿De verdad ha sido trabajar duro?
Hoy ha sido mi primer día sin trabajar y además de hacer muchas otras cosas, me da tiempo también a reflexionar. Vuelvo a no tener trabajo, pero no me siento mal, inútil, tipo cero a la izquierda como me sucedió la otra vez. Quizá esta vez es diferente porque ha sido una decisión que he tomado yo, sintiendo que controlo de nuevo mi vida. O quizá tiene que ver con que esta vez mis compañeros me organizaron un preciosa fiesta de despedida y me llenaron de regalos que seguramente no merezco, igual que correos como éste, que hicieron que se me saltaran las lágrimas.
Lee, lee…
Miriam,
I want to let you know that you have been an invaluable member of the integration team over the past couple of months and have been a true star that has enabled us to deliver the full integration plan for the business. Thank you for all your hard work, good humour and brilliant attention to detail! We will miss you when you’ve gone.
I’ve heard that you’re going to go travelling so please have a really good time and enjoy your well deserved break.
Well done and best of luck for all the future has in store for you.
Thank you,
E
Este correo viene de una de las personas que trabaja en la élite de la élite: el departamento de International Strategy, del cual yo era la última pulga. Y en él no solo reconoce mis mayores virtudes, sino que además me agradece todo el trabajo duro que he realizado en estos cuatro meses.
¿Trabajo duro? Y aquí es donde entra mi reflexión.
Trabajo duro es cuando tienes 6 años y trabajas en la construcción, como ocurre en Quito. Trabajo duro es cuando una mafia te vende a otra mafia y te tienes trabajar como prostituta, como les pasa a cuatro millones de mujeres y niñas cada año en todo el mundo. Trabajo duro es cuando te metes en una patera y pasas la noche en la más completa oscuridad rezando por llegar a tierra firme con vida, para vender CDs pirata, gafas de sol o el periódico “La Farola”.
