Ilusiones vitales: La caja de Hornimans
Hoy traigo debajo del brazo la historia de “cuando a Mirichán se le cruzó el cable y casi denuncia a Hornimans por romperle las ilusiones vitales”. Dicho así, el título suena un poco largo; pero creedme si os digo que el acrónimo es mucho peor (CuMiCruCa&CaDenHorRoIluVi).
Allá por el siglo dieciséis, Hornimans sacó una promoción. Se enviabas tres códigos de barras de sus cajas de té, te enviaban una preciosa cajita de madera para meter los sobrecitos de las infusiones. A mí no me gustan las infusiones ni los tés, pero el té de Hornimans me encanta. Tengo la teoría de que me gusta porque no es té, sino que es otra planta vendida como si fuera té, pero esa es historia para otro post.
Ya os podéis imaginar a Mirichán, recortando con las tijeras de punta redonda el código de barras de su caja de sobres Hornimans. Luego le pedí a Cereal el de su caja, y a Meli el de la suya. Ya está, ya tenía tres códigos de barras. Rellené mis datos, lo metí todo en un sobre, chupé el pegamento y fui corriendo a Correos para que cuanto antes llegara a Barcelona y se dieran cuenta de lo excelente clienta que soy.
Pasó un mes. Pasaron dos meses. Y ni rastro de mi caja de Hornimans. Hasta que tres meses después de haberlo enviado, me llega un e-mail donde Hornimans me dice que se les ha agotado el stock de cajas, y que se van a retrasar en enviarme la mía. Me fastidió un poco, pero me encogí de hombros y pensé que al menos, tenían la decencia de enviarme un correo.
Pasó mes y medio mas. Y entonces un día me llega un mensaje de Hornimans al móvil. Que ya tengo mi caja disponible para recogerla en un establecimiento situado en Morata de Tajuña, código postal 28530. Yo no tenía ni idea de dónde quedaba Morata de Tajuña, pero el código postal me advertía que estaba lejos de Madriz Ciudad. Yo vivo en el 28012… ¡¡518 códigos postales más!! Entré en el Google maps y efectivamente, está a 50 kilómetros de Madriz.

Entonces fue cuando se me cruzó el cable. Llamé al lugar donde tenía que recogerlo y el tío que me atendió me dijo que o lo iba a recoger allí o que él lo sentía mucho. Y entonces indignada como pocas veces me digno a estar, cogí teclado y pantalla y escribí un correo a Hornimans, donde les explicaba que yo llevaba 5 meses esperando mi caja de Hornimans, que es el único té del mundo que tomo, que involucré a mis amigos y familia para conseguir los códigos de barras, y que a mí no se me trata así. Le dí al botón de enviar y os prometo que a los quince minutos me sonó el móvil. Era una persona de Hornimans. Me dijo que había leído mi correo y que entendía mi enfado. Que el envío a Morata de Tajuña había sido un error de la empresa con la que realizan los envíos. Pero que se responsabilizaban y que en ese mismo momento, ella personalmente iba a enviarme una caja por mensajero directamente a mi casa, sin ningún coste para mí, por supuesto.
A los pocos días, a mi casa llegó una caja de cartón enorme. Era tan grande que no la relacioné con Hornimans. Cuando la abrí, allí estaba mi caja para guardar las bolsitas de té y… una jarra hervidora de agua, marca Philips, de litro y medio de capacidad. Me puse tan contenta que mandé un correo al servicio de atención al cliente, para darles las gracias. Y ahora, todas las mañanas, Arol calienta agua en la jarra para sus mates, cafés e infusiones.

No puedo tomar otro tipo de té, porque me produce naúseas. Pero de todas formas, Hornimans me ha ganado como clienta, y a todo el mundo que me pregunte, les contaré la anécdota de “cuando a Mirichán se le cruzó el cable y casi denuncia a Hornimans por romperle las Ilusiones Vitales”. Y es que una taza de té medio vacía es también una taza medio llena, pero una mentira a medias de ningún modo es una media verdad.
A modo de epitafio de este post, os diré que dos meses después, me llegó un aviso a casa de la empresa de transportes, diciéndome que ya habían sido capaces de llevar el paquete desde Morata de Tajuña a un local de recogida en Madriz Capital. No iba a aceptar esa segunda caja, pero al final he decidido regalarla a alguien que sé de buena tinta que habría hecho lo mismo que yo de encontrarse en una situación similar.
Semana Monográfica: los regalos

Como un monumento, presidiendo el desayuno...
Los viernes es el día del post desayunil. Que nadie se piense que por estar en la semana monográfica nos íbamos a librar. Y es que hoy he desayunado un cremosísimo café ordeñado directamente de nuestra Nespresso; uno de los regalos que recibimos Arol y yo por nuestra boda.
Si os soy sincera, yo no quería que nadie hiciera el esfuerzo de regalarnos nada, porque afortunadamente, eso es todo lo que necesitamos: nada. Como casi siempre suele ocurrirme, nadie me hizo caso.
Mis padres me regalaron la alianza de Arol, grabada con mi nombre y nuestra fecha. Es un regalo genial, porque yo llevo la de mi abuelo y él lleva la que mis padres le han regalado: es una especie de exaltación de la importancia de la familia.
Mi abuela y Santiago nos regalaron dinero, y una tarjeta donde nos desean lo mejor en el día de nuestra boda. Además, Santiago es todo un señor, y al final de la celebración nos dió una botella de un licor vienés riquísimo: una especie de crema de chocolate con alcohol.
En el restaurante se portaron muy bien y nos dejaron abrirla y disfrutarla a pesar de que la habíamos traído “del exterior”. Y en cuanto la probamos, nos encantó: casi todos quisimos repetir y animarnos con un segundo chupito.

El delicioso licor
Como os decía al principio de este post, mis amigos Meli y Aique nos regalaron la Nespresso. Yo creo que es uno de los caprichos personales que llevo más tiempo queriendo, pero que no me compraba a mí misma porque siempre me parecía que era un dineral gastado en una cafetera. Ellos compartían conmigo la suya cada fin de semana que iba a Asturias, en nuestros Meliyunos, pero mi cara de admiración ante su maquinita debía ser un poema. Tanto que no dudaron y se decidieron por ese súper regalo, acompañado por supuesto de una preciosa tarjeta con los mejores deseos del mundo.
Haciendo un inciso os contaré que Arol y yo nos hemos tomado muy en serio el mundo Nespresso, tanto que stamos haciendo un “Diario de Cata”. Cada vez que probamos una variedad nueva de café (hay muchísimas) apuntamos en una moleskine nuestras apreciaciones. ¡Nos está quedando genial y es una idea fantástica! Por supuesto que cuando terminemos nuestra cata particular, compartiré semejante documento con todos… lo mismo le doy una sorpresa al mundo y la comercializo en la Fnac!
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En el trabajo también tuvimos algunos regalitos totalmente inesperados. Mi jefe nos regaló una carísima botella de Moet Chandón, un champán de esos que todos concemos pero que pocos han probado. Mi compañera más cercana tuvo el detalle de regalarme una botella de vino chileno, un espectacular reserva de 2006 proviniente de Colchagua, una zona vinícola de la Cuarta Región de Chile.
Por último, una vecina nos regaló el típico juego de tazas de café. Ese imprescindible regalo que cae en todas las bodas y que no te gusta nada; pero como está hecho con buena intención, das las gracias y asumes que es probable que no lo saques jamás de su caja.
De color verde chillón, las tazas pequeñísimas (a mí, que soy de la generación Starbucks Coffee, no entiendo el café en menos de 400 ml!) y encima regalándomelas a mí, que robo una taza en cada uno de mis viajes a lo largo y ancho del mundo.
No exagero si digo que tengo más de 30 tazas en el armario de la cocina. Lo único que se me ocurre es darle una interpretación psicológica al regalo y pensar que es una metáfora del mi recién estado civil: esto de estar casada todavía lo tengo muy verde. ¡Menos mal que me quedan muchos años para madurar y mejorar!
Y con esto se termina la semana monográfica. Es una pena que no me haya dado tiempo a cubrir aspectos de gran interés como la noche de bodas, a pesar de que sé que es tema de máxima audiencia…
Feliz finde y el lunes volveré con Mirianadas habituales!
Semana Monográfica: los recordatorios.
En todas las bodas, los novios hacen y reciben regalos. A pesar de que en nuestro caso era una celebración pequeñita, cuidamos al máximo ese detalle, porque entendimos que sería lo que los demás recuerden del día que nos casamos.
Nos decidimos por regalar un libro muy concreto: un ejemplar de “20 poemas de amor y una canción desesperada” del chileno Pablo Neruda. Chile será siempre muy especial para Arol y para mí, sin contar con que recorrí todas las casas donde el poeta vivió en ese país.
Queríamos regalar amor, invitar a los demás a que se quieran, recordarles que no hay nada imposible. Predicar con el ejemplo. Así que buscamos una edición cuidadísima de esa gran obra (de Alianza Editorial) y compramos uno para cada pareja que asistió a la boda. En cuanto los dimos, la gente empezó a pedirnos que escribiéramos una dedicatoria para que quedara para la posteridad: cuatro ediciones únicas de ese libro, con parrafada estampada en la primera página.

Nuestros pequeños detalles
Además del libro, Arol desarrolló unos marcapáginas corporativos, basándose en el mapamundi y el espacio que nos separaba. En ellos, salen Chile y España en color diferente, unidos por un camino de mariposas: más personalizado imposible. Aquí los dejo libres para descargar, de acuerdo a la licencia Creative Commons.
Por último, también regalamos los míticos puros: después de leer un montón de webs donde descubrí el maravilloso mundo de los habanos, seguía sin enterarme de nada. Así que fui al estanco y otro cliente que había allí y que se confesó gran fumador de puros njos recomendó Montecristo número 4. Dicho y hecho.
La verdad es que me parece una tradición bastante anticuada y fea, quizá porque no soy fumadora, pero había que complacer también al padrino (¡mi padre!).
En la foto no se aprecia muy bien, pero las vitolas de los puros (ese cuello de papel que se les pone) también fueron diseñadas por Arol y recortadas por nosotros mismos.
¡¡Menos mal que solo eran 10 puros!!
Semana Monografica: El Restaurante
Mi hermana y mi padre son carnívoros a tope. Mi abuela y mi madre tienen el estómago delicado. Santiago es diabético. Aique prefiere no comer verduras. Yo no como carne. Arol se encoge de hombros y Meli es una excelente invitada para comer porque sabe disfrutar de cualquier comida. ¿Dónde llevas a grupo de comensales tan variado después de tu boda?
En nuestro caso, lo tuvimos claro: al Restaurante Buenos Aires que está en el corazón del monte Naranco, en Oviedo. Al lado de los Monumentos Prerrománicos, escondido entre la naturaleza y con unas vistas de la ciudad de Oviedo absolutamente inmejorables. Con una amplia carta que tiene las mejores carnes, pescados, ensaladas, y platos de la gastronomía asturiana. Y con el nombre “Buenos Aires”, ¿dónde si no voy a celebrar que tengo un marido argentino?

Maravillosas vistas de mi ciudad
Llegamos y tomamos un aperitivo. Ya ahí se pudo ver el pintoresco grupo que éramos. El glamour vino de la mano del vino blanco y los vermouts. Cervezas, un café con bailys y… ¡¡un zumo de naranja natural para la novia!!
En este punto os contaré que no me gustan las bebidas con burbujas. Así que nunca sé qué pedir. Me encanta el zumo de naranja recién exprimido, pero es tan caro que no me atrevo a pedirlo nunca.El día de mi boda era mi día, así que me atreví. Un zumo de naranja natural, por mi etapa valenciana y porque es nuestro color corporativo.
En el momento en que hice la reserva, pedí también que tuvieran unos platos con entrantes preparados, para ir picando mientras cada uno decidía qué prefería tomar de la carta. Dos platos de ibéricos y dos platos de entremeses calientes. Yo comí una merluza a la marinera que estaba riquísima, mientras que Arol se decidió por una parrillada de costillas de ternera. Por la mesa pasó también bacalao, unos cuantos cachopos, chorizos criollos, queso a la brasa, ensaladas y muchas cosas más.

Ñam ñam ñam, que rico estuvo todo
No tuvimos tarta nupcial. No sé cómo harán las parejas que eligen una tarta nupcial, pero en mi familia es imposible que nos pongamos de acuerdo en las cosas de comer. Así que los postres también fueron a la carta: tarta milhojas, tarta de turrón, tocino de cielo, mousse de chocolate. Y una tarta de queso con arándanos que compartí con mi ya marido y que fue el mejor postre que tomé en mi vida… aunque dicen que el que me tome en el 25 aniversario me sabrá mejor!
Semana monográfica: la ceremonia civil
Éramos la boda número seis del día y aunque nos habían citado a las 12, la jueza nos recibió un poco más tarde de esa hora porque las bodas anteriores se habían alargado un poco. Cuando nos llamaron entramos en la sala, y había tres personas sentadas en el estrado: en el centro, vestida con una toga, estaba la jueza que nos iba a casar. A la derecha de la jueza había una secretaria judicial, que es la que tenía los papeles del matrimonio. Y a la izquierda, para mi sorpresa y desagrado, estaba la jueza que nos interrogó para determinar si nuestro matrimonio era de conveniencia o no y que en mi opinión tan insolente fue conmigo.
Nos sentamos y la jueza nos dió la bienvenida y nos dijo que estaba orgullosa de que hubiéramos escogido el juzgado de Oviedo para celebrar nuestro matrimonio. Después, nos recordó que constituir un matrimonio es formar una familia, así como todos los deberes que tenemos uno respecto al otro como cónyuges. Después, preguntó a Arol si daba su consentimiento para que yo fuera su esposa, y Arol respondió “Si, consiento”. Luego me tocó a mí y respondí lo mismo. Y en ese momento, la jueza nos declaró unidos en matrimonio, y nos pidió que intercambiáramos alianzas.
Arol y yo escogimos unas alianzas sencillas y traidicionales: dos aros de oro, lisos y estrechos. El mío perteneció a mi abuelo, y dentro tiene una grabación que reza J.M. 01.07.37. El anillo tiene más de 70 años, es símbolo del amor que mis abuelos han sentido el uno por el otro y además, era una forma de él que estuviera en la boda haciéndome un regalo aunque ya no esté vivo. Para Arol compramos un aro nuevo, lo más parecido posible al mío. Hemos decidido llevarlos en el dedo anular de la mano derecha.
Una vez intercambiamos alianzas, nos pidieron que nos acercáramos a firmar. Primero firmamos Arol y yo y luego los testigos, que eran mis padres. Y entonces la jueza nos dió nuestro libro de familia y comenzamos a abandonar la sala. Cuando salíamos, la jueza que mes y medio atrás nos había interrogado tan agresivamente me dijo: “Míriam, que me alegro mucho, eh? Enhorabuena! Y siento habértelo hecho pasar tan mal aquel día”. Yo solo la miré y la sonreí educadamente, porque de verdad que si llego a abrir la boca para decirle algo, habría sido para sacar a relucir toda mi mordacidad. ¡¡Cómo me habrá tenido que maltratar esa mujer para que se acuerde de mí tanto tiempo después y además, me pida disculpas!! ¡¡Cómo respondería yo delante de ella para que se diera cuenta de que no procedía tanto ataque personal en aquella audiencia privada que tuvimos!!
Cuando estábamos a punto de salir de la sala del juzgado, me dí cuenta de que en el libro de familia habían puesto incorrectamente uno de mis dos apellidos, así que dí marcha atrás y se lo dije a la jueza. Ella me pidió que esperase fuera mientras lo rectificaban.
Finalmente, salimos todos y Arol y yo recibimos mucho cariño por parte de nuestros invitados. Todo el mundo quería abrazarnos y darnos besos, empezando por Meli, que fue la primera que rompió a llorar de la emoción. Yo no tardé en seguirla, y es que fueron unos momentos muy muy emocionantes, con la disculpa de la jueza incluida.

Uno momento muy emotivo
Semana Monográfica: El Vestido
Después del acontecimiento vital que he disfrutado este fin de semana, me apetece un montón compartir con todo el mundo los detalles de nuestra boda/petit comité. Así que bienvenidos a la semana monográfica, aunque aquello parecía más una reunión familiar que un bodorrio: la sencillez y la espontaneidad de todo lo que hicimos fueron la nota predominante. Siento mucho los posts tan largos, pero hay que dejarlo todo escrito para la posteridad
Cambiar de Estado Civil

Dos galletas, una tostada y un colacao. Hoy es un gran día!
¿Qué desayunas el día de tu boda? Porque en mi caso, el 29 de enero ha llegado y como estaba previsto, Arol y yo nos casaremos hoy. Todo está organizado: tengo vestido y él tiene un traje, llevo zapatos plateados como Dorothy en el Mago de Oz, hemos comprado un pequeño detalle después de estrujarnos mucho la cabeza con cómo ser originales pero prácticos y he reservado un restaurante donde llevar a comer a los pocos pero imprescindibles que nos acompañarán. Somos, exactamente, diez asistentes. Son todos los que están y están todos los que son.
En mi trabajo mucha gente me ha ido preguntando esta semana cómo me siento. Si estoy nerviosa o ilusionada. Después de pensarlo me he dado cuenta de que tengo una sensación de felicidad que es muy distinta a todas las felicidades que había sentido antes. Porque si, yo estoy segura de que hay tipos de felicidad: no me vas a comparar lo que sientes cuando encuentras cincuenta euros con lo que sientes cuando te vas de vacaciones durante tres semanas para olvidarte de la rutina del trabajo.
Hablando con un compañero de trabajo (un inglés de muy buen ver) que se ha casado hace un par de meses, me decía que es bonito porque significa compromiso (commitment) con una persona a la que no solo quieres, sino que también admiras. En la sociedad que nos rodea, evitamos los compromisos a más no poder: nos asusta la pérdida de la libertad, la vida de soltero tiene mejor consideración social que el matrimonio (la juzgamos como más divertida), no queremos perder la individualidad, la realidad nos dice que más del 60% de personas que se casan terminan por divorciarse…
Hace algo más de un año, paseaba yo a las tantas de la mañana con un buen amigo por Velázquez y yo, tan preguntona como siempre, le dije si él quería casarse. Si no le daba miedo el compromiso y la responsabilidad. Y él me contestó: “a mí lo que me da miedo es no casarme”. No se me olvidarán sus palabras, porque con Arol he descubierto esa gran verdad: a mí lo que me da miedo es no casarme y que se lo lleven lejos.
En próximas entregas, todo sobre el vestido, los regalos, fotos y muchas más sorpresas sobre mi cambio de estado civil.
Peste, o porque no tendré hijos.
Esta es la historia de porqué no tendré hijos. Es una historia triste, pero merece ser contada. Es una historia larga, pero vale el tiempo que ocupa escribirla (y leerla). Pero sobre todo, es una Historia Inverosimil pero real, como todas las cosas que pasan en la vida de Mirichán.
Llevo gafas (II)
Por motivos ajenos a mi voluntad las fotografías que debían haber salido publicadas en el post de ayer no se visualizaban correctamente. Bueno, siendo francos, en realidad no se visualizaban, ni correcta ni incorrectamente.

Ahora sí: tachán!
Me gusta llevar gafas. Miro por encima de la montura y veo que soy incapaz de ver los carteles que quedan a veinte metros. Miro a través de ellas y puedo leer prácticamente cualquier cartel: a veces pienso que también tengo poderes y voy a poder visualizar la ropa interior que lleva la gente, o las zetas que fabrican cuando duermen y que, como todo el mundo sabe, son invisibles
Me gusta imaginar que con mis nuevas gafas rosas, puedo ver lo que la gente tiene dentro. No me refiero a las vísceras: me refiero a sus preocupaciones, sus miedos, sus satisfacciones y sus metas. Sería genial unas gafas que permitieran ver nuestros interiores: entenderíamos muchas cosas que seguramente hoy no comprendemos y que por tanto nos llevan a tomar decisiones equivocadas sobre las causas del comportamiento ajeno. Porque, no nos engañemos, todo lo que los demás hacen obedece a una razón: otra cosa es que sepamos encontrarla o quieran compartirla con nosotros.
Llevo gafas
Incluso antes de irme a Bucarest yo notaba que veía mal de lejos. No era muy mal, pero las letras de los carteles se convertían en algo borroso, no sabía si era mi autobús el que se acercaba y no reconocía desde lejos la cara de mis amigos cuando quedaba con ellos por la noche en lugares aglomerados. Por aquel entonces fui a una óptica y me graduaron la vista: tenía un poco de astigmatismo, tan poco que no merecía la pena llevar gafas.
El tiempo pasó y en Noviembre tuve que hacerme un reconocimiento médico completo en la mutua de mi empresa. Los resultados fueron todos buenos, excepto en los tradicionales problemas con la báscula y en mis ojos. Me recomendaban ir al oftalmólogo, así que pedí cita en la seguridad social.
Un mes después me atendieron. Leí letras, me pusieron gotas, miré un globo a través de una máquina, me volvieron a poner gotas, me miraron el fondo de ambos ojos. Hasta me echaron un piropo sobre la expresividad de mi mirada. Y sí, me dieron un papel lleno de números y grados para que fuera a la óptica: ponte gafas, Mirichán.
Al día siguiente fui a la óptica, a una de confianza. La optiquera, llamada Blanca, me atendió con toda su profesionalidad. Me informó de que en mi ojo izquierdo tengo 0.5 de miopía y 1 de astigmatismo, mientras que el derecho (el dominante, lo llama ella) tengo 0.25 de miopía y 0.5 de astigmatismo.
Tardé treinta segundos en escoger las gafas y sólo me las debo poner para ir por la calle. En casa, con el ordenador, para leer, para tomar un café… no me hacen falta. Y ahora, lo que estamos esperando todos: las fotos! Mirichán con gafas… en exclusiva!