Mirichán 1 – Amigdalitis 0

Cuando me pongo enferma, soy tan buena enferma, que solo quiero morir. Literalmente estoy ahí, en la cama, con treintaytodos de fiebre y sólo me pregunto qué es lo que me queda por hacer en la vida que me impide ir al otro lado. Con varios días sin ducharme, empiezo un razonamiento delirante que argumenta los inumerables beneficios de morirse:
“Tengo 27 años. He viajado. He alcanzado cumbres profesionales. He conocido a mis mejores amigos. He perdido muchas veces la virginidad. Mi hora ha llegado, pero moriré de inanición, porque con este dolor de garganta es imposible comer. Moriré sufriendo, como los valientes. Podría hacer de este sufrimiento una protesta, y se iba a enterar el Gandhi ese de lo que es la entrega y el sacrificio”
Nunca pensé en ser actriz; pero drama llevo para dar y tomar. Afortunadamente, después de una semana de medicinas, termómetros y Mirichán en Modo Belladurmiente; estoy mucho mejor. La lucidez ha vuelto. Yo también.
Desayuno sin tele.
No sé si alguna vez lo dije, pero desde hace más de 8 años, vivo sin tele. El otro día caminando por Valparaíso me encontré con esto, y no pude reprimir hacerle una foto.

Así que hoy, os invito a que desayunemos sin tele. Solo por probar, ¡¡a ver qué se siente!!
La Sebastiana

Subiendo por la cuesta más grande de todo Valparaíso, una calle llamada Yerbas Buenas, te encuentras con la Avenida de Alemania. Un poco más adelante está La Sebastiana, que es una casa con envidiables vistas donde vivió Pablo Neruda con su mujer.
Se trata de una casa con varios pisos, justo en el borde del cerro, desde la que el atardecer resplandece con colores que no se pueden definir de otra forma que no sea poéticamente. Ahora entiendo de dónde sacaba Neruda aquellas palabras que algunos se han empeñado en llamar poemas, “quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos”, aunque prometo que cerca de su casa no ví ninguno.
Valparaíso
He decidido utilizar este período de pausa forzosa para poner al día el blog sobre los lugares que voy recorriendo en Chile. Y comenzamos con Valparaíso, o “La Perla del Pacífico”, que es la capital de la quinta región. Tiene 300.000 habitantes y es una ciudad curiosa pero muy bonita. Está situada en una bahía, con 17 colinas (o cerros, como dicen los porteños) en las que se apilan casitas de colores.

Algunas imágenes de "Valpo"
Para acceder a cada colina sin morir en el intento (por las empinadísimas cuestas) los habitantes de Valparaíso se inventaron los “ascensores”, que en realidad son funiculares que por 280 pesos (40 céntimos de euro) te ahorran quedarte sin aliento en la subida.
Valparaíso era el puerto más importante de América, por el que entraban y salían muchas mercancías; y de aquella época esplendorosa quedan las casas donde vivían los extranjeros que comerciaban en la ciudad. En 1914 Panamá abrió su canal, y le robó a Valparaíso, que ya había llegado a ser el motor económico de Chile, el protagonismo marítimo.
Cuando visitas Valparaíso te das cuenta de que es una ciudad muy bohemia. Parece que en cada casita de colores vive un artista, un artesano o un poeta, como el que no hace mucho tiempo habitó La Sebastiana. Pero eso, es historia para otro post
Delirios (de pequeñeza).
Acabo de tomarme la pastilla número 7 de antibiótico. Eso quiere decir que hay 7 gramos de antibiótico haciendo una fiesta por mi cuerpo. Si en vez de amoxicilina fueran de cocaína, esto sería Trainspotting y lo siguiente que veríamos todos es a Miri sumergida en algún váter chileno. Seguro que habría record de visitas.

Que gran libro
Sigo comiendo lo indispensable, así que mis propios jugos gástricos me devoran el estómago. Me alimento a base de medios colacaos y tengo antojos constantes. Pienso mucho en las albóndigas de mi abuela, en pizzas de un metro como las que comí en Venecia con atún y cebolla, en bizcochos enormes de chocolate, bocadillos de atún con tomate, y de lo que más me acuerdo es de la fabada. Con su chorizo, su morcilla y todas esas cosas que nunca como porque no me gustan. Cuando vuelva a Asturias, quiero una fabada.
Fuera de Servicio
Soy especialista en coger enfermedades en el peor momento. Hace unos días empecé a sentirme enferma, después me subió la fiebre y me dolía la garganta muchísimo al tragar. Me llegué a encontrar tan mal que interrumpí mi viaje por el norte de Chile, cogí un avión de LAN Chile y volví a Santiago para hacer uso de aquel seguro médico que me hice “por si acaso”. He tenido fiebre alta, dolor muscular en todo el cuerpo, dolor de cabeza, mucho dolor para tragar, falta de apetito… Esos síntomas, en medio de una pandemia mundial de gripe asesina, acojonan. Varias veces se me pasó por la cabeza eso de “repatriación del cadáver”.

Amigdalitis
Al final Europe Assistance me dijo que fuera a la Clínica Santa María, en Santiago de Chile. Me atendió un doctor joven con mascarilla, y la verdad es que me miró mejor que en España: me tomó la tensión (12 – 8), me puso una pinza en un dedo para ver el oxígeno que tengo en la sangre, me puso el termómetro, me miró la garganta con un palo de helado y una linterna y escuchó mis pulmones con un fonendoscopio, para asegurarnos de que no tenía síntomas respiratorios: en caso de tenerlos tengo que correr al hospital, porque podría ser la temida influenza.
Tengo amigdalitis. Me recetó antibiótico de un gramo cada doce horas, más ibuprofeno para bajar la fiebre.La consulta le costará a mi seguro 35.000 pesos, unos 50 euros. En Chile los pacientes siempre corren con una parte del gasto: no existe una sanidad pública como tal.
Los tres primeros días están siendo terribles: me encuentro muy mal, quiero llorar el 99% del tiempo, paso del calor al frío con una facilidad increíble y no tengo fuerzas ni para cambiar de posición en la cama. Llevo tres dias durmiendo a todas horas y evitando tragar mi propia saliva para no morir de dolor. Evitar tragar tu propia saliva es denigrante, sobre todo cuando empiezas a contemplar la opción de babarte. Cuando mi madre me llama, pongo mi mejor voz y le digo que estoy bien, para que no se preocupe y empiece a fumar tres paquetes de tabaco diarios por mi culpa (en lugar de los dos que ya fuma actualmente). Pero en realidad yo solo quiero que mi madre entre por la puerta y me diga: “cuando nos ponemos enfermos es para dar el estirón”, como cuando era pequeña. Yo creo que de esta, llego al 1.70 fijo.
Estadísticas de Junio

Escribir para dar en la diana
En pleno periplo por Chile me toca escribir el post de estadísticas. No está siendo fácil mantener el ritmo de un post diario a base de precarios cibercafés, sin poder poner mis propias fotografías, con los minutos para escribir contados en pesos chilenos. Pero estoy contenta, porque por el momento, sigo cumpliendo con aquella promesa que un día hice con Expatriada en Rumanía.
En el mes de junio he recibido más de 13.000 visitas de nuevo, y la mayoría de ellas han llegado a través de Google Reader y del blog de Meli. Por mi parte, he generado tráfico hacia Banyuken y al blog de Española en Eslovenia, que por si no lo sabéis, ahora es “Española Mamá en Eslovenia”
Me gustaría aprovechar este post de estadísticas para reflexionar todos juntos sobre la figura del blogger. Todos sabemos que un blogger es una persona que escribe un blog; y de la misma forma que un escritor convencional, los hay mejores y peores. Para mí, la bondad de un escritor de blogs no es proporcional en ningún sentido al número de visitas: algunos de mis blogs favoritos son esas bitácoras pequeñitas, aún por descubrir. De la misma forma, la bondad de un blogger tampoco tiene nada que ver con el número de entradas que publica en su cuaderno digital.
Estos días, caminando por los caminos polvorientos entre Coquimbo y La Serena pensaba yo que esto de escribir un blog no es una carrera, sino que tiene más que ver con el “tiro al blanco”. No me des muchos posts, muchos comentarios o muchas visitas: dame la puntería para acertar en cada post. Porque el resto, viene solo.
Lista: Las cosas que más me gustan de Chile.

Pronto voy a hacer dos semanas en este país y hay algunas cosas de él que me encantan. No me he podido resistir a hacer una lista. Ni a publicarla.
- Me encanta que con solo levantar el brazo, las micros paran a recogerte en cualquier sitio. No tienes que ir a una parada: tú la ves venir, levantas el brazo y ella para. Automático. (Nota de la traductora: una micro es un autobús pequeñito, que en Chile son hembras).
- Me encanta que me traten de Dama o Damita, que supongo que son los equivalentes de nuestros Señora y Señorita. Cada vez que un chileno me dice “Dama, pase por aquí”; no puedo evitar una sonrisa de respetuoso agradecimiento.
- Me encanta que las personas que venden cosas en los semáforos, nunca venden kleenex. He visto a un señor vendiendo ¡¡chololate!! y ayer a otro que vendía mandarinas. Caramelos, alfajores, pasas, lo que te puedas imaginar.
- Me encanta el concepto de “once”. Se trata de una especie de merienda cena que hacen alrededor de las 8 de la tarde. No sé por qué se llama “hacer once”, porque no se hace a las once, ni comes once cosas, ni diez más una. El nombre no tiene nada que ver y si no te lo explican no sabrás nunca de qué hablan. Pero aparece incluso en los menús de los lugares para comer: desayunos, comidas, meriendas, onces, cenas. Me muero de la risa cada vez que lo veo, y es una idea que me llevaré a España conmigo, igual que hice con el “Dor” de Rumanía o con “llevar los tacones en el bolso hasta la puerta de la oficina” de Londres.
El desayunador

¡Que gran sitio!
En Valparaíso, que es la capital de la Quinta Región de Chile, descubrí sin querer un sitio que me emocionó y me entusiasmó más que cualquier otra cosa de esa ciudad (escribiré un post próximamente contando lo preciosa que es para que se pueda entender el alcance de esa frase).
Se trata de una especie de café que lleva por nombre “El Desayunador”. En este lugar la carta solo tiene distintos tipos de desayunos, que se sirven desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde.
Y es que, ¡cualquier momento es bueno para desayunar!
Donde el corazón te lleve
Viajar sola por el Norte de Chile está siendo toda una experiencia, porque además de conocer lugares, me estoy conociendo a mí. Pondría una foto de lo que me veo por dentro, pero la distancia focal no me da para tanto.

Portada del libro
He descubierto que se me da mal estar sola, sobre todo por las noches. A las 6 de la tarde se hace de noche y empieza el frío más crudo; no puedo quedarme en la calle pero tampoco sé que hacer si me voy al hostal/pensión/albergue. Así que, aunque no quiero cargar con peso, me he comprado un libro: “Donde el Corazón te Lleve”, de Susanna Tamaro. Un título archiconocido que por unas cosas y otras nunca había leído; pero como pasa con casi todas las cosas, hay un momento para todo.
El libro no es muy largo (unas 180 páginas) así que lo he leído en un solo día. Estaba ávida de que alguien me hablara, de que me contaran alguna historia; y está tan bien escrito que no pude parar de leer. Me costó 6000 pesos chilenos, y ya he grabado en la tapa delantera de donde procede y cuando nació. Otro más para la librería personal, la vital.
Por dar un resumen breve, el libro es un monólogo escrito por una abuela para su nieta, en el que le cuenta los secretos de la vida que ella aprendió. No son grandes verdades, ni desvela misterios trascendentales, pero relata con la sencillez y desde el cariño cómo vivió y de qué forma tomó las decisiones. Emocionante, lleno de ternura y sobre todo, sorprendente. Sé de un buen amigo que lo disfrutaría